Suficiente

Por Julieta Traveset

Me invitan a un cumpleaños. Es de noche en un bar. Tengo ganas de sentirme linda, tengo ganas de verme bien y justo cobré, así que decido ir a comprarme algo lindo para ponerme. Me calzo los jeans y el sweater de siempre, zapatos cómodos, la cara lavada y salgo. No tengo idea de lo que estoy buscando, pero creo en el amor a primera vista. Tras recorrer varias cuadras, ya vi varias cosas que me gustaría probarme. Me paro frente a las vidrieras y examino los maniquíes intentando predecir cómo me va a quedar esa camisa o ese vestido… 

Finalmente, tras hacer varias pasadas, me decido y entro. ¡Al carajo todo! Pido ropa y talle. La vendedora tuerce la boca. “No, negri, ese talle no tenemos. Venite la semana que viene” me dice un poco apenada. No importa, sigo camino. Voy tras otro de mis amores, a fin de cuentas no pueden ser todos prohibidos. “Es talle único” me dicen esta vez, mientras recibo una mirada prejuiciosa dirigida a mis caderas. Ese gesto nada más alcanza para ser tomado como un desafío, así que tomo el vestido y me voy al probador. En efecto, el prejuicio no era tal porque era un juicio acertado: El vestido es chico para mis anchas caderas. Ya estoy agotada. 

Sigo caminando, ya más desganada. No voy a paso firme, sino arrastrando los pies y en mi cabeza comienzo a planear estilos de vida sanos para implementar. Quizás ir más veces al gimnasio. Quizás no comer esa tostada. La juntada del viernes con pizza y cerveza estuvo de más… 

Siento como el jean me abraza la cintura. Sigue siendo cómodo, pero puedo sentir como contiene la flácida piel de mi abdomen haciéndola ver torneada. Me doy cuenta que ese sweater me queda bien porque es holgado pero su anchura hace que mis brazos se vean gordos también. Freno. Estoy parada frente a una vidriera de nuevo, pero esta vez no estoy viendo a los maniquíes. Esta vez estoy viendo mi tenue reflejo. 

Las piernas grandes pero cortas, la cadera recta, los brazos anchos, la cintura estrecha. Los pechos grandes, el pelo claro y suelto. La cara cuadrada. Y el cansancio en los ojos. Y ahora miro al maniquí tan alto, esbelto y delgado. Entre esas piernas hay distancia. Esas piernas no se rozan. Ese abdomen es plano. Esos brazos son delgados. Esa cara es angulosa. Todo está en su lugar. Todo es suficiente. 

Suficiente para que la ropa le quede bien. 

Suficiente para ser bonita.

Suficiente para entrar en un talle único. 

Suficiente. 

Y yo no soy todo eso. 

Yo no soy suficiente. 

Lo intento. Todos los días. Sigo entrando a negocios. Sigo midiéndome ropa. Y efectivamente, algo tengo puesto. Aún algo me entra. Aún quedan cosas para gente como yo. 

Pero eso no es suficiente. 

Es una vil excusa. El margen de error del que soy parte. Todo lo que no llegó a ser suficiente. Las cosas me quedan, me entran, pero no necesariamente bien. No alcanza con que me queden. No alcanza con que me vistan. No alcanza con que me cubran. No. Todo eso no alcanza, todo eso no es suficiente. 

Yo quiero más. Yo quiero llegar a ser todo eso en lo que no estoy encajando. Yo quiero ser suficiente. 

Vuelvo a mi casa. Las vidrieras que alguna vez me enamoraron ahora me espantan. No quiero ver mi reflejo, no quiero tener los recordatorios de todo eso. No quiero confirmar lo que acabo de entender. Que yo no soy todo eso. Que nunca lo seré. 

Que nunca seré suficiente. 

Suficiente para este lugar. 

Para ese pantalón. 

Para esa remera. 

Para la gente que me vea. 

Nunca llegaré a eso. No seré suficiente. 

Y entonces me doy cuenta de que tampoco lo soy en otros aspectos. No soy lo suficientemente inteligente para estudiar lo que estudio. Eventualmente terminaré, pero no por ser suficiente. Sino por inercia. No soy suficiente para esta relación. Simplemente estoy al alcance, soy accesible. No soy suficiente para mis padres. Sólo soy su hija y tienen que aceptarme.

No alcanza. 

No soy suficiente. 

Estoy caminando rápido. Necesito llegar a casa y apagar la cabeza un rato. Dejar de ver esos recordatorios en todos lados. Volver a mi mentira de todos los días, aunque sepa que es eso: una mentira. Con eventuales lapsos de felicidad, pero una mentira al fin. El “clack” de la puerta abriéndose y el sillón a la vista me hacen suspirar aliviada. Por fin en casa. Por fin a salvo. 

Me acuesto con la esperanza de que eso apague un poco este incendio adentro mío. Realmente estoy ardiendo y no puedo calmar este fuego que llevo dentro. Porque no importa cuantas cosas queme o cuántas sume. Nunca serán suficientes. Quedarán defectos que no podré remover y pensamientos horribles que no puedo cambiar. Errores de los cuales no podré hacerme cargo y recuerdos que siempre me van a atormentar. 

Ardo. Literalmente. Quiero quitarme la piel y el cabello y cada poro que cubre mi cuerpo. Quiero salir corriendo de mí por un rato. Desvestirme de este traje, pero sobre todo de estos pensamientos. Quiero irme lo más lejos posible de todo este fuego que me está consumiendo. Estoy aturdida. Aprieto los dientes y cierro los ojos. Intento calmarme y dejar que sea el silencio lo que me ensordezca. Pero no puedo. Sigo escuchando esos gritos. Sigo escuchando esas voces. Me sigue incomodando la piel. 

Estoy respirando agitada mientras intento pensar en algo que me calme. “Suficiente”. Esta vez me lo digo yo. “Basta, por favor”. Ni esto puedo aguantar. Ni para esto soy suficiente. Seguramente si mis piernas fueran más delgadas, si mis notas fueran más altas, si mis errores fueran menos frecuentes, entonces tendría la suficiente fortaleza para aguantar todo esto. Más bien: nunca me pasaría. Porque con eso bastaría. Con eso estaría bien. Sería lo justo y necesario y no tendría estas preocupaciones. Este fuego. Este dolor. 

—Eu—Alguien me habla. Abro los ojos. Ahí está mi hermana, mirándome preocupada. —¿Qué pasa? 

—Nada—Miento. Porque soy cobarde. Porque hasta en eso no alcanzo. Mi miedo me gana y mi honestidad no alcanza. Ella frunce el ceño. 

—¿No te compraste nada? 

La miro. Quisiera escupirle todo este fuego, no para quemarla sino para aliviarme. Para que entienda todo lo que siento. Para que sienta mi ardor. Quizás así sea más fácil de sobrellevar.

Y de entender cómo me siento. Pero no puedo. No puedo hacerle esto. Demasiado que estoy lidiando con esto yo misma como para imputárselo a alguien más. Así que niego con la cabeza simulando estar calmada. 

—¡Qué bajón! Bueno, yo te presto algo si querés. 

La miro sorprendida. ¿Prestarme algo? ¿A mí? ¿Con mis caderas rectas, mis piernas grandes, mis brazos gordos? 

—No hace falta—Vuelvo a mentir para ahorrarme la vergüenza de decirle que en realidad no creo poder cubrir ese estándar tampoco. Que en realidad sé que para eso tampoco voy a ser suficiente. 

Ella chasquea la lengua y pone los ojos en blanco. 

—Dale, boluda, no seas bolacera. Yo te presto, posta. No hay drama.— Insiste. Me río. Evito corregirla y decirle que no. Que la fea soy yo. Que la ropa está bien así como es. Me paro y la sigo hasta la habitación. Me muestra varias blusas, pero yo no estoy lista para otro rechazo. Estoy agotada de todo esto, así que invento una excusa para no probarme nada. 

—Dale. Probatelo así ya sabés como te queda. 

Cierro la puerta tras de mí y dejo la ropa sobre el inodoro. Me desvisto lentamente y tomo una de las blusas. Y entonces me miro. Ahí estoy. Completamente desnuda en toda mi vulnerabilidad. El espejo no miente. No hay jeans que me contengan los rollos y pulloveres que disimulen mis tetas. Soy yo, lisa y llanamente. Menos suficiente que nunca. 

Menos linda que nunca. 

Tengo la blusa en la mano mientras me pregunto para qué hago esto, qué sentido tiene. Si ya sé que me va a quedar mal, si ya sé que esto no sirve para nada. Me la pruebo con los ojos ya vidriosos por las lágrimas, porque ya sé cómo va a terminar. Sé cuál es el final. Si me queda, seguirá siendo una prenda que simplemente me queda. Pero que no es nada más. Y eso no alcanza. 

Levanto la vista y ahí estoy. Con la blusa. Me queda sorpresivamente bien. Me doy vuelta e intento apreciar mi silueta desde todos los ángulos posibles. No es suficiente pero no está tan mal. Levanto los brazos. Acerco mi cara al espejo para mirarme bien y me miro a los ojos. La tristeza se me nota a una legua. Lo que no se me notan son las pecas que tengo en el iris. Siempre me han gustado, aunque eso hace que mis ojos se vean un poco más oscuros, creo que le da más personalidad a mi mirada. Recorro con la vista los rasgos de mi cara. La nariz

chata, los labios finos, las mejillas poco prominentes. Un combo que no es fatal pero que es digno. Y entonces bajo hasta mi torso y mis piernas. Noto los músculos marcados en mis muslos. Sé que no son delgados pero están sanos y eso me reconforta un poco. El rollo de mi panza es consecuencia de muchas risas ahogadas en cerveza. Sonrío. Me acuerdo de una anécdota que contó un amigo la última vez que salimos todos a cenar. Cómo me reí. Qué rica estaba esa pizza… 

Me detengo en mis brazos, tan fofos y caídos. Pero son iguales a los de mi abuela. Lo que se hereda no se hurta, supongo. Y sonrío, porque me acuerdo de ella cocinando y de lo poco que me importaba el tamaño de sus brazos con tal de que me hiciera los ravioles de los domingos. O que me diera un abrazo. Y me río. Y entonces, mis brazos no me parecen tan feos. No me parecen tan malos. 

Y me miro entera. Íntegra. Chiquita y curvilínea. Y me siento un poco mal por no medir más, pero me acuerdo de lo cómoda que estoy cuando duermo toda tapada en mi cama. Y cómo disfruto de remover las patas bajo el acolchado porque mis pies no llegan hasta el final del colchón. Y cómo disfruto estirarme buscando los restos de sábana que aún están fríos en los días de calor. Y me río, porque esa es una dicha que no conocen las personas altas. 

Y caigo en la cuenta entonces de que todas esas cosas que parecen no alcanzarme, de que todo eso que parezco no ser, en el fondo sí soy. Y si alcanza. Y sí es. Y salgo del baño, en bombacha y en blusa, sin decirle nada a mi hermana y me voy a acostar a mi cama, a hundirme entre mis sábanas. A cerrar los ojos un instante y sentir todo eso. Mis piernas cortas que se remueven bajo el acolchado, mis brazos gordos que abrazan mis caderas rectas y mi nariz respingada asomando. Y respiro hondo. Siento todo el oxígeno llegando a cada parte de mi cuerpo. Inhalo y exhalo. Cierro los ojos. Porque acá estoy. 

Porque con esto alcanza. 

Porque todo esto no es suficiente. 

Es más que eso.

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