Lo relajaba ese ritual. Tomate 5 minutos, tomate un té. Entraba en un estado de calma absoluta y lo necesitaba. Los últimos 3 años habían sido muy duros. Después que Francisco se fue, quedó en compañía de su perro. Los vecinos se quejaban que aullaba cuando él se iba a trabajar y siempre lo esperaba en la puerta cuando volvía. Tomar un té y dejar de lado los pensamientos que lo asediaban era una de sus actividades preferidas. Muchas historias habían tenido lugar en esa casa. Por sus techos altos era carísimo calefaccionarla y en invierno quedaba confinado en la cocina. A veces ponía el colchón de dos plazas al lado de la mesa porque era el único ambiente que tenía estufa. Era demasiado grande y tenía un patio que disfrutaba más su mascota que él. Quizás por eso no se iba. 
Recordó cuando la casa estaba repleta de gente y sonrió pensando en las cenas en familia con su madre y sus hermanes. Elles se habían ido un par de años atrás. Refrescaba su memoria e invocaba imágenes de esos amigos que solían visitarlo y no volvieron más, y de las tardes con Francisco y el perro, Mateo. Los tres en el colchón en el piso.

Lo de su mamá y sus hermanes estuvo justificado, se tenían que ir, no podía seguir viviendo así con elles. Eso no era vida, se repetía con resignación. Y lo de Francisco, bueno, quizás podrían haberlo intentado una vez más. Sabía que tampoco tenía la culpa aunque podía asumir algo de responsabilidad en ambos casos. Su mal carácter y los episodios confusos de los que poco se acordaba, entendía que de alguna manera habían perturbado a sus compañeres de casa. Intentaba recordar qué pasó la noche que su madre se fue, primero ella y enseguida la siguieron sus dos hermanos. ¿Cómo podían haberlo dejado así? no le encontraba explicación. Con Francisco sucedió lo mismo: siempre se iban de noche, aprovechando su letargo y sin mediar palabra. Al día siguiente se despertaba con la mala noticia. A partir de ese entonces todas las mañanas lo invadía el miedo de levantarse y que su mundo no fuera el mismo. Se angustiaba de sólo pensarlo. Otro té. Una taza heredada de su hermano, unas gotitas y a dormir. 

Ya acostado le costó conciliar el sueño, en la vereda había gente a los gritos y se escuchaban risas todo el tiempo. No podía creer la desconsideración de la gente, y su perro inquieto iba y venía del colchón a la ventana intentando persuadir a los ruidosos para que se fueran. Esa noche Mateo no paró de ladrar, ni un minuto, era insoportable, realmente era un infierno vivir con ese perro. Cuando sonó el despertador se levantó sintiéndose tranquilo y pensando que esta vez las cosas podrían ser distintas. Afuera era un día hermoso y no hacía tanto frío. Primero limpió todo el piso, meticulosamente, después se hizo un té, unas gotitas más, y buscó anuncios de departamentos. Un monoambiente para él solo estaría bien. 

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