El género cuestionado

Por Fran Leotta

Antes: todo lujuria. Placer a borbotones.

No hago nada y las chicas que deseo me desean con la misma intensidad con la que les quiero meter la lengua. Quiero verme tan perra como las bebas contra las que me quiero empapar la encrucijada.

Y entonces me veo en el espejo y soy una muñequita. Podría ser tu muñequita. Una hermosa muñeca con brillos de glitter plateado en los marcados pómulos sobre los que mis coletas de pelo grueso negro caen.

Mis pezones te saludan desde mis transparencias, invitando a los tuyos a unirte a la fiesta que hice para vos. Para vos y a cualquiera otra chica que quieras invitar. O chico. O chique. Es una fiesta grande y yo quiero probarlo todo. A todos. A todes. Me gusta compartir. O me gusta que se compartan. O me gusta ver cómo se comparten.

Me gusta todo, porque por dentro me siento todo.

Ardo por probar todas las pieles que podrían ser yo.

¿Te gusta mi disfraz de muñequita?

Es para vos.

Me visto para que te guste.

Sí, perdón si te confundí.

La verdad es que cuando llego a casa me arranco la ropa con las manos. La destrozo contra el piso y el espejo se espanta. ¿Quién sos?

Se me corre por la cara el glitter plateado mezclado con las lágrimas de mis 160 likes y los 1700 seguidores que pueden ser dos mil si me esfuerzo media semana más.

Me sostengo el pelo disfraz hacia atrás y me encuentro. Me hablo un rato. Hola, vos sí que sos bonite, qué ganas de que algún día alguien te vea y te quiera sin porcelana. Me duermo sin nada. O con todo.

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Ahora: me arde mi propia piel como brasas encendidas sobre los ojos.

Me desespero por habitarla. Me arranco los pelos largos, gruesos y negros con una furia solo comparable a Britney rompiendo un auto con un paraguas.

Resplandecen mis pómulos marcados por su propio brillo natural cuando el sol caliente de las mañanas apunta justo en el centro, después de las tostadas con palta y miel.

Aún no sé vestir a mi piel, pero ya no me disfrazo.

Ya no me pongo lo que sé que te va a gustar.

Ya no me siento encima de tus piernas con una tanga apretadita dentro del short y me refriego sobre tu pelvis con los pezones parados.

Bueno. Eso puede ser que todavía sí. A mí el deseo no me lo saca nadie.

Pero ya no me disfrazo, de verdad.

El único problema ahora es que no sé vestirme.

¿Alguna vez me vestí realmente? O solo tengo un clóset lleno de hermosos disfraces de todos los colores.

Cómo soy ya no atrae.

(A mi sí, yo me cogería re duro si pudiera)

Pero ya no soy tu muñequita de cartón.

Barbie de peluquería con un Ken de Tinder.

¿Había algún otro personaje?

Eran solo esos dos muñequitos hegemónicos cis heteros blancos perfectos, ¿no?

Agh. Todo siempre es de a dos. Y yo que jamás fui ni uno ni otro. 

Viste que a mí nunca me gusto nada de a dos. Quiero que me amen muy fuerte dos personas que a la misma vez se amen muy fuerte entre sí y que en la cama me toque estar en el medio. Doble cariño, doble placer, doble amor. Doble atención. Mi sueño.

Pero cierto que ya no me disfrazo, ¿decís que extrañás las fantasías mojadas que mis pómulos platinados para vos orquestaban?

¿Me dispongo a sacrificar mis placeres por querer ser habitante de mi piel?

Supongo que esa es la cuestión.

Lujuria. O identidad.

(Capturas de búsqueda en Google:)

 

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