El caso Matzneff. Consentimiento social y aura literaria 

Le consentement de Vanessa Springora, desde su publicación a principios del 2020, ha revuelto la sociedad francesa y, en especial, su panorama literario. En él, la autora cuenta la relación que mantuvo siendo adolescente con Gabriel Matzneff, un escritor francés muy reputado en las décadas de los 70 y los 80, el cual tenía cincuenta años cuando se conocieron. Matzneff publicaba novelas que se convertían enseguida en best-sellers, aparecía en programas de radio y televisión y recibía importantes premios literarios. Aunque su popularidad alcanzó su pico en aquellos tiempos, su nombre aún era conocido por todos en el momento en que se publicó la obra, razón por la cual resultó tan impactante.  

A través de la escritura, Vanessa dice querer encerrar a Gabriel en su libro, de la misma forma que lo hizo él durante y después de su relación. Así, nos relata cronológicamente su historia, detallando las circunstancias que intervinieron en los sucesos, así como sus sensaciones más subjetivas y las conclusiones a las que posteriormente llegaría. 

Vanessa cuenta que conoció a Gabriel en una cena organizada por su madre, escritora también y la cual acepta y apoya la relación en todo momento (a excepción de un par de comentarios al comienzo) e incluso se muestra decepcionada cuando ésta termina. Matzneff seduce desde el principio a la muy joven Vanessa inundándola de cartas de amor, invitándola a citas furtivas en su apartamento, recogiéndola a la salida del colegio (aunque manteniéndose alejado del edificio) etc. A lo largo de toda su “historia de amor” la relación se mantiene así: clandestina, casi secreta, sin mostrarse jamás en la vida pública.  

Presenciamos, así, a lo largo de las páginas, un “noviazgo” entre un adulto y una adolescente: sus declaraciones de amor mutuas, sus primeras experiencias sexuales, la aceptación del entorno cercano de Vanessa etc. Lo que más choca, sin embargo, es que la pedofilia de Matzneff no se limita a aquella relación particular sino que es un modo de vida y de creación literaria: pronto, Vanessa descubre que Gabriel lleva manteniendo relaciones con niñas y adolescentes desde hace mucho tiempo y que, además, sus novelas tratan acerca de dichas aventuras. Por si fuera poco, también milita a favor de las relaciones entre menores y adultos, realiza viajes a países extranjeros durante los cuales paga a cambio de favores sexuales de niños (entre otros, relata el turismo sexual que realiza en Filipinas con niños que no alcanzan los diez años), hablando de todo ello como un amor por los más jóvenes, una ayuda incluso para que se emancipen sexualmente en una sociedad que los reprime, siendo él el que los inicia y libera. 

Rápidamente, la relación se vuelve en contra de Vanessa, que se ve desposeída de su vida mientras Matzneff se va apropiando de ella. Éste comienza a entrometerse en su educación, a controlar su dieta, limitar sus quedadas con amigos; deja de hacer caso de sus necesidades, inculcándole el miedo a solicitarlas (reaccionando fríamente, enfadándose etc.) y le deja claro que lo más importante de su vida es su obra literaria y no la relación que mantienen. Asimismo, a pesar de sus incesantes declaraciones de amor hacia ella, Matzneff “engaña” a Vanessa con otras adolescentes mientras le jura que ese modo de vida forma parte de su pasado y que ahora sólo le quiere a ella: le impide leer sus antiguos escritos, consciente de la imágen que reflejan de él. Vanessa también escribe (no sólo cartas en respuesta a las de Matzneff sino también diarios y ficción) y nota cómo incluso en sus propias palabras se ha colado el vocabulario de Matzneff, ajeno a una niña de su edad y que ve repetido, además, en las cartas de las demás chicas con las que ha estado Matzneff (publicadas en las novelas de éste). Años después, Vanessa reconoce que la falsa ilusión de estar enamorada y encontrarse en una relación que la llena ha sido totalmente inculcada por él.  

Matzneff, de esta forma, utiliza a la adolescente como una musa inconsciente ante lo que ocurre, la consume para seguir produciendo sus escritos. Es como si toda su obra, escribe Vanessa, fuera una larga autobiografía en la que poco importan las personas que aparecen en ella, pues todas las relaciones parecen la misma, vivida una y otra vez mientras pasan los años. Con ella hace exactamente lo mismo: se apropia de su imágen, la fija en una versión reduccionista, una representación engañosa (un “cliché grotesco”, en palabras de la autora). La utiliza como propaganda literaria de su propia obra, hasta tal punto que Vanessa dice sentirse vampirizada, como si le hubiera robado el alma. Gabriel, defiende, tuerce la realidad en sus libros para ponerse siempre en valor a sí mismo, nunca para decir algo verdadero sobre su persona sino simplemente para hacerse quedar bien: como un seductor, un triunfador, un buen amante y un pensador liberado (y, además, un buen escritor). De hecho, en sus escritos repite incesantemente el placer al que les lleva a las niñas en sus encuentros sexuales (para que no quepa duda de su consentimiento, recalca Vanessa).  

El abuso de poder, en este caso, es evidente: la falta de figura paterna de Vanessa, la poca presencia de su madre que la hace propensa a evadirse; y, en general, la confusión fruto de su edad y la etapa vital que atraviesa – la adolescencia – que hace que se deje llevar sin comprender muy bien lo que le ocurre o lo que realmente le conviene. ¿Las consecuencias de todo esto?: en la inmediatez, Vanessa se queda totalmente desescolarizada, prácticamente vive en casa de Gabriel y éste es su conexión principal con el mundo. Como únicamente ha vivido relaciones sexuales en las que ella era un objeto para proporcionar placer, tampoco entiende su falta de deseo y de experiencia con su propio cuerpo, hasta tal punto que se siente completamente desatada de él. En un futuro, relata, vivirá episodios psicóticos y despersonalización, así como sentimientos de culpa y vergüenza y una gran desorientación en sus nuevas relaciones. Con todo, no será consciente del abuso que ha vivido hasta que va a terapia, momento en el cual se da cuenta de que es ella la víctima de la situación y no Gabriel (tal y como se lo había hecho creer cuando Vanessa corta con él). Años después escribe Le consentement, como forma de exteriorizar su experiencia y el sufrimiento que le ha causado desde que la vivió. 

Lo que más sorprende, a lo largo del relato, es la aprobación casi unánime de la relación y el modo de vida de Gabriel: no sólo la madre se muestra de acuerdo con ello, también el círculo de escritores y artistas cercanos a Matzneff, los medios y editoriales que tratan con él y, en general, la gran mayoría de figuras adultas con las que nos topamos en la novela. Una escena notable que se describe en la obra ocurre cuando Matzneff es invitado a un conocido programa de televisión francés para promocionar su último libro (repleto, como siempre, de relatos de sus “historias de amor”) y, en medio de un intercambio de alabanzas y chistes cómplices con el presentador, es interpelado por otra de las invitadas, una escritora canadiense, que le dice textualmente que aquello de lo que tanto se jacta Matzneff en su país de origen es considerado un delito: pedofilia. Las únicas muestras de desaprobación, además de esta, son unos mensajes anónimos que recibe la policía para alertar de la relación y algunos (acertados) insultos que los compañeros de clase de Vanessa le profieren (“tu novio es un viejo pedófilo”). Otra faceta de este consentimiento social se muestra cuando Vanessa (a la edad de catorce años) acude al ginecólogo por un problema de salud y éste le propone realizarle un pequeño corte con anestesia local para facilitarle la penetración vaginal, dado que unos dolores en la zona no le permiten practicar más que el sexo anal. Desde el conocimiento y el vocabulario que tenemos hoy probablemente hablaríamos de una violación médica (osea, institucional), pero en aquel momento no parece ser una cuestión que preocupe.  

¿Cómo se explica esta tolerancia, no sólo por parte de personas cercanas a Vanessa sino también por parte de todo el medio cultural literario francés, que presencia estas narraciones y la realidad que les acompaña? Contextualizando, nos encontramos post-Mayo de 68, que bajo el lema “interdit d’interdire” (“prohibido prohibir”) impulsó una fiebre por la liberación sexual generalizada, cuya lógica incluía la sexualidad infantil, considerada reprimida por un puritanismo y conservadurismo obsoletos. No resulta tan difícil imaginar, por tanto, que se aceptara sin problemas el recorrido de Matzneff. De hecho, era tal la ambición por “liberar” a los menores que, en 1977, se envió una petición al gobierno francés para que se derogaran algunos de los artículos de la ley sobre la edad de consentimiento que estaba vigente en aquel momento, así como para la despenalización de todas las relaciones “consensuales” entre adultos y menores de quince años. Esta solicitud la firmaron un gran número de intelectuales franceses de renombre: Foucault, Sartre y Beauvoir, Deleuze y Guattari, Lyotard, Derrida… por mencionar algunos nombres. Asimismo, fue apoyada por dos conocidos medios (que posteriormente han pedido perdón públicamente), a saber, la revista Libération y el periódico Le Monde, los cuales redactaron una carta abierta en defensa de los presos acusados de mantener relaciones con adolescentes siendo ellos mucho mayores. 

Tal y como lo leemos en la obra de Chomsky y Herman Los guardianes de la libertad, el consentimiento se crea, dentro de las sociedades democráticas, en una época y un contexto dado y de formas muy sutiles: por ejemplo, cambiando términos por otros – en el caso de Matzneff vemos cómo este habla de ser un “iniciador” de sus “amantes”, no un “violador de menores” (dos sentidos extremadamente diferentes que hablan en realidad de lo mismo). De la misma forma, en esta Francia posterior a Mayo de 68, se sustituye “delito sexual hacia un menor” o “pedofilia” por “libertad sexual”: nadie está en contra de la libertad sexual en esta época. Sería interesante preguntarse cuáles son los intereses detrás de esta fabricación del consentimiento: en este caso, como en muchos otros, los hombres son los que se benefician de ello, pues les da vía libre para cumplir sus fantasías pedófilas y efebófilas – es evidente que lo que está en juego aquí no es una lucha por la libertad universal.  

Por otra parte, otro elemento que conviene tener en cuenta es el que Springora denomina, en su obra, “el aura literario”. Gabriel parece estar rodeado de un aura que lo protege de las consecuencias de sus actos, y ésta tiene que ver con la literatura que produce y el entorno artístico en el que se mueve. En ningún momento se condenan los hechos que Matzneff relata en sus obras: se aplaude de él, al contrario, su valentía por escribir sin censura sus vivencias, por su discurso aparentemente libertario y por su maravillosa escritura. El resto de escritores (en la obra se menciona incluso al filósofo Cioran), así como las editoriales, en ningún momento cuestionan la moralidad del contenido de sus escritos. Es evidente que la figura del artista se considera algo que trasciende a la persona, aún a día de hoy: a los escritores, pensadores, pintores etc. les rodea este “aura” que les protege de las consecuencias de sus acciones, sean de la naturaleza que sean. 

Por ello, la novela de Springora no sólo es una denuncia hacia un individuo sino hacia toda la élite cultural-literaria que le cubrió las espaldas. Podría decirse que esta acusación pública es una continuación del movimiento #MeToo y la conocida como cancel culture, gracias a las cuales la palabra de las mujeres se está liberando y tomando en serio, teniendo consecuencias (aunque todavía limitadas) en las vidas y carreras de los implicados. Se han señalado actores, directores y otros artistas del mundo cinematográfico, denunciando que se han aprovechado de su estatus en Hollywood; también han salido a la luz escándalos de las élites adineradas y políticas de un sinfín de países; y la pederastia encubierta del Vaticano y de miembros de la iglesia católica es ya un hecho reconocido. A pesar de ello, aún queda mucho por hacer y el consentimiento social sigue dándose, en muchas ocasiones, sin consentimiento individual.  

Así, lamentablemente, la situación ha hecho que durante décadas estos hechos hayan pasado desapercibidos o, en el mejor de los casos, hayan sido tratados como normales. Hasta hace muy poco, Gabriel seguía sin sufrir ninguna consecuencia. De hecho, aún en 2013 fue premiado con el Prix Renaudot y en 2015 con el Prix Cazes, ambos prestigiosos en el panorama literario francés. Tras la publicación de Le consentement, sin embargo, el caso de Matzneff se ha reabierto y éste ha sido convocado frente a la justicia francesa, mostrando que alzar la voz ante estos hechos, denunciarlos en forma de palabra (en este caso “encerrándolos en un libro”, como dice Springora), sirve para no pasarlos por alto y, aunque hayan sucedido hace tiempo, remarcar que difícilmente se olvidan, como tampoco se olvidan las personas que los han perpetrado y aquellas que los han apoyado (o, que más retorcidamente, se han callado ante ellos).  

El consentimiento es un asunto peliagudo porque no se plasma únicamente en afirmaciones verbales individuales (no basta con decir “sí quiero” ni con el “no es no”), sino que se esconde peligrosamente en dinámicas sociales que pueden expandirse a través de círculos artísticos o culturales y reforzarse en determinados contextos y momentos de la historia. Conviene que permanezcamos atentas – ésta es la única lección práctica que podemos sacar desde el lado en el que nos encontramos: el otro. 

 Elisabeth Walhain

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