Fotografía

@lachicadelosbuenosdias

Ramiro acomodó las fotografías en el estante de la esquina, justo encima del cabezal de su cama. “Remedio para extrañar menos” le había dicho su mamá al regalarle la caja con esas fotos impresas de sus amigos y familia para que se las llevara a la pensión en la que iba a vivir durante su primer año de universidad. 

Todavía no había conseguido un corcho para poder pincharlas, así que las apoyó con cuidado contra la pared para tenerlas siempre a la vista. Mientras hacía eso, se encontró con esa foto que no había tenido el coraje de desechar a pesar de lo mucho que habían cambiado las cosas. Pero no quiso anclarse a la nostalgia. Decidió que lo mejor sería guardar esa foto con Carolina y olvidarse por un tiempo. No quería tirarla a la basura, no se sentía listo todavía. 

El año pasó muy rápido y tan lleno de cosas que no tuvo ocasión de seguir alimentando su melancolía. Había aprendido tanto y tan de golpe que tuvo la impresión de haber ganado más experiencia que en los últimos cinco años de secundaria. Las paredes de su modesta habitación en la pensión de Rioja y San Martín le parecieron minúsculas cuando llegó el momento de abandonarlas. Sentía que había llegado hacía tan sólo unas horas, con la valija llena y la libreta universitaria vacía. 

Le siguieron siete años intensos y sintió una extraña añoranza por aquel primer año lleno de expectativa e ingenuidad. Ya nada lo impresionaba. Extrañaba sorprenderse. Anhelaba el nudo en la panza que se forma ante la novedad de lo desconocido, esa virginidad que solamente tienen los nuevos comienzos. Aunque debía reconocer que la cotidianeidad tenía sus beneficios. Después de todo, la rutina es una jaula que uno elige habitar para convencerse de que sigue en movimiento, aunque eso no signifique necesariamente estar avanzando. 

Los años en los que se transita la mitad de la carrera son todos parecidos. Fueron años pesados y difíciles. Sintió otra vez que había aprendido mucho en poco tiempo, pero esta vez le había costado más. Le había dolido más. No tenía el mismo sabor a victoria que aquel primer año. 

Finalmente, llegó el tan esperado momento de la última materia. El día anterior temblaba de nervios. Quería llorar, gritar y vomitar, todo al mismo tiempo. Le pareció una broma cruel del Dios de turno que las horas pasaran con una lentitud criminal, mientras repasaba

frenéticamente sus apuntes. A las siete de la tarde decidió que era suficiente y se entregó a la nostalgia que se había obligado a guardar todos esos años. 

Lo primero que vino a su mente fueron las fotos y con ellas, el recuerdo de su madre. Ya no estaban desnudas y frágiles contra la pared del rincón de la habitación, sino enmarcadas y colgadas en su departamento. Repasó con la vista el rostro de sus padres y cayó en la cuenta de lo diferentes que estaban ahora. Se sorprendió de la facilidad con la que había naturalizado ver las arrugas que cruzaban sus rostros actuales. Distinguió también varios amigos que habían quedado en el camino. Pero se alegró de comprobar que muchos estarían presentes al día siguiente, festejando junto a él su tan ansiado logro de convertirse en arquitecto. 

Al candombe de emociones que resonaba en su interior se acopló el vértigo de esas revelaciones. Habían pasado siete años. Él los había vivido con intensidad. Pero también habían pasado para su gente. 

Y seguramente también para Carolina. 

Abrió con delicadeza el cajón del escritorio y buscó la fotografía. No la había desechado. En todo ese tiempo no lo había creído necesario. Sentía que no tenía que obligarse a renunciar a algo que ya no era suyo, que había dejado de pertenecerle hacía mucho tiempo. Tomó la foto y se permitió observarla con detenimiento. 

Se preguntó qué líneas surcarían el rostro de Carolina y a dónde la habría el impulso de sus llevado sus decisiones. Si habría estudiado periodismo o lo que sus padres querían: fonoaudiología. Un sentimiento de fraternidad lo invadió mientras se preguntaba si todo ese tiempo habrían estado viviendo en la misma ciudad sin haberse cruzado. 

Sonrió. 

Cruzó el departamento hasta la cocina con la fotografía en la mano. Llegó hasta el cesto de basura y tras dedicarle un último vistazo, la dejó caer dentro de él. Habían pasado siete años. No necesitaba tener esa foto. Ella seguiría siendo parte de quien era aunque ya no estuviera en su vida.

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