Naturaleza y Economía: ¿Dos polos opuestos?

Por Roxana de la Cruz

Jueves 11 de marzo de 2021. Cuando revisé mis redes sociales esa mañana me encontré con una gran cantidad de noticias e imágenes sobre los incendios que estaban sucediendo en ese mismo momento en la Patagonia argentina. Las fotografías, escenas devastadoras que mostraban la destrucción del paisaje natural de la región, animales muertos, personas atravesadas por el dolor de perder sus viviendas y sus producciones agropecuarias, hablaban sobre un hecho que viene sucediendo en Latinoamérica y en el mundo desde hace décadas: la destrucción de la naturaleza para sacar un beneficio económico de ello. 

Pero en vez de escribir sobre los intereses económicos que hay detrás de los incendios y otras catástrofes ambientales intencionadas que están sucediendo hoy en día en todos los rincones del planeta, quiero que nos detengamos todos y pensemos profundamente: ¿Cómo es que llegamos a este punto? ¿Cómo es posible que la naturaleza hoy en día valga más por los productos que se pueden sacar de ella que por los servicios que ofrece?

La naturaleza: un bien subvaluado
“La forma en la que medimos la riqueza determina cómo la buscamos y qué recompensa. El enfoque convencional al utilizar el PBI (Producto Bruto Interno) para medir la riqueza ha estimulado un crecimiento sin precedentes, pero a expensas del ambiente y la calidad de vida. Nadie respira ni come PBI”, esta frase que podría haber salido de la boca de cualquier ambientalista, en realidad viene del Dr. Adesina, presidente del Grupo del Banco Africano del Desarrollo sobre cómo durante décadas la construcción de riqueza de la sociedad excluía rotundamente a la naturaleza, generando como consecuencia una falta de políticas hacia la biodiversidad y el ambiente, al no ser “necesario” para la economía de los países. 

La naturaleza y la economía como dos polos opuestos es un concepto que, sin detenernos a pensar en sus implicaciones, nos parece racional, normal. Sin embargo, la economía de un país no puede funcionar sin los servicios ecosistémicos que brinda la naturaleza. Somos naturaleza. Sin ir muy lejos, la llegada de la pandemia del COVID-19 fue producida indirectamente por la destrucción a mansalva de la naturaleza, para fomentar la urbanización, los monocultivos, el turismo masivo. En fin, la economía. 

Históricamente, y bajo la lupa de la teoría económica, productos como la madera y otros recursos naturales han sido documentados de manera deficiente, y es por eso que el valor de la naturaleza no resulta obvio para la mayoría de los formuladores de políticas. Muchas de las herramientas existentes utilizadas para evaluar la pobreza y los ingresos, por ejemplo, no capturan adecuadamente la importancia de los ingresos derivados de los recursos naturales y por lo tanto su verdadero valor. 

La naturaleza es un bien subvaluado y sus costos relacionados a la degradación de sus recursos por parte de las industrias son externalidades, y en consecuencia no aparecen como gastos en ninguna parte ya que el que lo paga es otro. Todas las economías de todos los países utilizan el mismo principio, el mismo modelo. Y justamente es por eso que se genera (¿o se agrava?) el problema, porque al no pensar en las externalidades y en los servicios ecosistémicos presentes en el ambiente, porque no tienen valor de mercado -aunque sí tienen un valor invisible en la salud, en las economías y en la lucha contra el cambio climático- no se generan políticas estatales que nos lleven a un futuro sostenible y resiliente a largo plazo. 

La pandemia como motor de cambio
Si algo aprendimos el 2020 es que la falta de conservación de la biodiversidad y la degradación del ambiente pueden llevar a crisis sanitarias como la del COVID-19. En este contexto, la pandemia que visibilizó la necesidad de proteger la naturaleza para protegernos de enfermedades zoonóticas como la que estamos enfrentando hoy en día, puede ser una gran herramienta para motivar el cambio a un modelo económico más conectado con el mundo natural y la preservación del ambiente.  

Ignorar que nuestra forma de vida está conectada con la naturaleza es algo que ya no nos podemos permitir. La naturaleza no es un bien gratuito. Es importante generar nuevas ideas, nuevas propuestas para mejorar nuestro modelo económico, incorporando el capital natural y reconociendo que necesitamos del ambiente para desarrollar nuestras vidas y nuestros negocios. La degradación del ambiente, la extinción de especies, la expulsión de pueblos originarios, no es el precio a pagar del progreso. La naturaleza es un activo valioso que no sólo ayuda a combatir el cambio climático, también nos proporciona medicinas, madera, agua, alimentos, aire. Sólo valorando al ambiente como algo vivo y funcional, observando sus contribuciones invaluables a la sociedad humana, vamos a poder ver el valor real de la naturaleza y progresar juntos hacia un futuro mejor.



Fuentes consultadas
“Todo lo que necesitás saber sobre el cambio climático”, de Martín de Ambrosio (2014). Editorial Paidós. 
“The Economics of Biodiversity: the Dasgupta Review”, de Partha Dasgupta (2021). The Royal Society.

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