Revolución Verde

Por Nahuel Canteros

Cuando Clarisa nació en Monte Azul, no imaginaba que su padre y su madre la amaban tanto como a sus campos de cultivo y a los mates de la mañana. No sabía que el algodón que su familia producía para subsistir iba a perder valor por la denominada “revolución verde” y el posterior monocultivo en todas las colonias. Ni pensaba que Julio, su padre, se convertiría en el líder de un movimiento campesino que cortaría rutas y secuestraría avionetas fumigadoras a consecuencia de los efectos sufridos por las derivas agrotóxicas. Jamás se cruzó por su pequeña cabeza de recién nacida, que el jardín rural al que iría iba a quedar al lado de un galpón donde se prepararían las mezclas tóxicas con glifosato. Tampoco pensó que las napas del agua que tomaría iban a estar contaminadas, al igual que las frutas y verduras, el aire, los perros, los alambres, los tirantes de madera del techo y los revoques en barro de las paredes. 
Clarisa no anticipó que al poco tiempo de llegar al mundo, Adriana, su mamá, lloraría la muerte de sus gallinas junto con el algodón y la mandioca. Tampoco tuvo tiempo de suponer que aquellos aviones que pasaban a vuelo rasante por encima de su rancho harían fumigaciones en los campos vecinos. Sostenida por los fuertes brazos de su mamá, Clarisa no pensó que Julio, su padre, iría a cortar la ruta junto a otros campesinos que también lo habían perdido todo. Jamás se cruzó por su cabeza de hija primeriza que las denuncias que su madre haría en la policía terminarían al fondo de un archivador, ni que el gobernador de la provincia había permitido el uso de agroquímicos para el cultivo de soja. 
Julio tomó en brazos a Clarisa con sus ojos húmedos de amor, sin imaginar que antes de su primer diente, en un corte de ruta, sería reprimido por la policía de Formosa.
Tampoco sabía que usaría su cuchilla de asado para tajear las ruedas de la avioneta fumigadora, ni pensaba que días más tarde el ministerio de salud de la provincia montaría carpas sanitarias en el pueblo para atender las afecciones de la población. Mucho menos que los periódicos de Formosa los difamarían diciendo que las ronchas en la piel salían porque eran sucios y que los cortes de rutas los hacían porque no les gustaba trabajar. Jamás se cruzó por su cabeza que el gobierno lo trataría de sobornar en detrimento de la organización y que su negativa terminaría en una causa armada en la fiscalía número uno de Formosa. Tampoco imaginó que, estando preso sin condena, abatido y sin fuerza, se mostraría rendido ante Adriana, quien, abrazándolo por la espalda, con sus labios al borde de su oído izquierdo le diría: 

Como sea ya nos están matando, despacito, como con un cuchillo de madera.
Por eso elegimos la lucha, total la muerte ya está echada.

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