Las hijas de Edipo. Psicoanálisis y feminismo

El psicoanálisis surge, curiosamente, en el momento en el que se fijan las categorías de género:  su aparato teórico, lejos de investigar fuera de ellas, apoya y refuerza su binarismo y el sistema  que las sostiene. Desde un prisma inevitablemente feminista como es el actual, ¿es posible  seguir defendiendo y utilizando sus métodos y conceptos? 

Freud, como filósofo de la sospecha, es considerado una de las figuras más importantes del siglo  XX, y el psicoanálisis, aunque en ocasiones con recelo, se reconoce como una aportación  relevante para la psicología y, en general, para el conocimiento que tenemos acerca del ser  humano. No cabe duda del valor teórico y práctico de las aportaciones de Freud; sin embargo,  partimos de la base de que, llegadas a este punto, no pueden abordarse sus ideas sin examinar  y deconstruir drásticamente los conceptos que las componen, desde una conciencia feminista y  con la perspectiva histórica que nos ha dado el paso del tiempo. Pero ¿qué hacer de lo  dominante que necesariamente nos ha forjado? ¿Es posible un inconsciente (personal y  colectivo) feminista? 

Podría pensarse de Freud, en primera instancia, que supera el dualismo sexo-género al  defender una visión unificada de la mente y del cuerpo, una noción ampliada de la sexualidad  y un proceso de construcción de la identidad aparentemente arbitrario. Una de las ideas que  cabe remarcar de él es la de que somos organismos o sistemas de energía, afectados por los  principios que rigen a ésta: sus alteraciones, transmisiones y conversiones son modeladas por  la personalidad y se reflejan a través de ella. Nuestra fuerza motivadora más importante, considera,  es la pulsión o energía sexual (a la que denomina “mundo psíquico”) que atraviesa nuestra  mente y nuestro cuerpo sin ir dirigida hacia ningún objeto en concreto. Esta energía sexual, la  libido, se combina con el deseo irracional de acabar con su fuente u origen, esto es, aniquilar el  yo (la conocida dicotomía de los instintos Eros y Tánatos). El término “sexualidad” cubre así,  para Freud, cualquier forma de placer derivado del cuerpo – el ser humano está motivado por  la fuerza de lograr el máximo placer corporal posible pero convive con el deseo contradictorio  de acabar con dicha fuerza. 

Una de las teorías más importantes de la narrativa freudiana es la del complejo de Edipo, en la  que se centran las críticas feministas. Este complejo se basa en la ambivalencia de los dos deseos  que guían al niño en su desarrollo: el deseo incestuoso inconsciente hacia la madre y el deseo  parricida hacia el padre. Parece claro que Freud se basó en su propia vida para desarrollar el  complejo de Edipo: sufrió una grave crisis emocional a la muerte de su padre, lo que dio paso a  fuertes sueños que él mismo analizó y que le hicieron llegar a la conclusión de que tenía  sentimientos ambivalentes hacia él – a saber, amor y admiración mezclados con odio y  vergüenza. Asimismo, se dio cuenta de que solía fantasear con que su hermanastro (hijo del primer matrimonio de su padre y que tenía casi la misma edad que su madre) era en realidad  su padre, de lo cual dedujo que deseaba la muerte de su padre real porque era un rival para el  afecto de su madre. 

Las conocidas fases del desarrollo psicosexual del niño, por otra parte, explican cómo se va  desenvolviendo el complejo de Edipo y muestran la forma en que la libido se hace presente  desde los primeros momentos de la infancia. En la primera fase, la oral, el niño utiliza su boca  para entrar en contacto con el mundo: la predominancia del pecho de la madre hace de ella el  primer objeto de deseo del niño y, poco a poco, va viendo al padre como una amenaza o un rival  para su afecto, por lo que va gestando deseos de parricidio. Pasando por la fase anal, se llega a  la fase fálica, momento en el que el complejo de Edipo se soluciona a través del llamado miedo  a la castración: el niño se da cuenta de que si persiste en su atracción sexual por la madre corre  el riesgo de ser castrado por el padre y, además, lo invade una gran culpa social, por lo que  decide reprimir sus deseos y pasa a identificarse con el padre. Esto ocurre en el periodo de  lactancia, etapa en la cual hay una disminución considerable del deseo sexual en el niño.  Posteriormente, en la llamada fase genital, que ocurre a partir de la pubertad, vuelve el deseo y  se recentra en los genitales, proyectándose en terceras personas ajenas al padre y a la madre.  Este es el modelo de desarrollo psicosexual “normal” y universal según Freud. 

Una de las críticas generales más importantes que se le hace al psicoanálisis es que no se trata  de una ciencia pues no es falsable (esto es, su teoría es compatible con todos los estados de cosas  posibles), además de defender tesis que parecen autoconfirmarse: defiende que existen causas  inobservables que explican determinados fenómenos observables; sin embargo, estas causas  inobservables sólo pueden ser identificadas en base al fenómeno que se defiende que producen  – por ejemplo, el insconsciente debe existir porque existe determinado comportamiento, y nada  más. Sea como sea, si se toma en cuenta el valor de utilidad (una teoría no tiene por qué ser  científica para ser válida, siempre y cuando sirva para ayudar o sea eficaz) el psicoanálisis tal vez  no deba descartarse prematuramente: al fin y al cabo, ha sido utilizado como base para tratar  enfermedades o síntomas neuróticos (de lo cual, por cierto, nace un interesante debate acerca  de la diferencia entre cura y alivio de síntomas). Estas controversias, en su mayoría, siguen  vigentes. 

Las críticas que realiza el feminismo al psicoanálisis, sin embargo, se centran en la narrativa del  complejo de Edipo. Aunque parten del reconocimiento de la importancia de las aportaciones  teóricas de Freud (especialmente del inconsciente), las consideran sesgadas y necesitadas de un  análisis feminista. El primer problema parce evidente – dado que se basa únicamente en el  desarrollo del hombre, si pensamos en el complejo de Edipo de la mujer vemos que se prolonga  indefinidamente, pues, como tal, nunca es superado: al darse cuenta de que la madre está  castrada, la niña dirige todo su amor hacia el padre, es decir, al contrario de lo que ocurre en el  caso de los hombres, la castración no resuelve el complejo de Edipo sino que lo introduce. 

Asimismo, el padre (y no la madre) es el que representa la posibilidad del deseo, que la niña no  posee y el cual busca, por tanto, en otro hombre. Así, la feminidad, si nos basamos en el  complejo de Edipo, se define como el deseo de ser objeto del deseo masculino. 

Más importantemente, dado que el psicoanálisis equipara la subjetividad a la sexualidad,  (basando nuestro sentido de identidad en los impulsos, deseos e instintos inconscientes), cabe  preguntarse lo que nos dice acerca de la identidad de la mujer y su posición política. Algunas  autoras, tales como Luce Irigaray, han desarrollado la conocida como “paradoja de la  feminidad”: si nos fijamos en el contrato social actual, la feminidad y la subjetividad son  conceptos necesariamente opuestos – ser sujeto es igual a ser hombre.

Se trata de caminos  separados e incompatibles: una mujer puede ser un agente si sacrifica su feminidad; de la  misma manera, puede perseguir dicha feminidad únicamente si renuncian a su independencia.  Así, la mujer se entiende a partir de un modelo masculino: es el “otro” de un sujeto (el hombre),  pero nunca un sujeto propiamente dicho. Según Irigaray, lo que Freud promulga no es una  diferencia sexual entre hombres y mujeres sino, precisamente, una indiferencia sexual.

Lo que  se necesita, según ella, es una diferenciación sexual verdadera como forma de reivindicar la  existencia de la mujer y su posición política. Lo que pretende Irigaray es deconstruir el sujeto  masculino, construir un sujeto femenino y, lo más importante, construir una intersubjetividad  que respete la diferencia sexual. Así, toma la naturaleza dual como un modelo de  transformación individual – defiende la multiplicidad pero a través de la estrategia de la  diferencia. 

Esta crítica feminista al psicoanálisis resulta difícil, pues, como tal, las investigaciones de éste  no encajan ni con las teorías biologicistas del sexo ni con las teorías sociológicas acerca de la  construcción del género. El yo del que habla Freud, en oposición al yo cartesiano, es un sujeto  dividido, atravesado por agencialidades múltiples y que se desconoce a sí mismo; y la noción de  identidad sexual que defiende no se define como una categoría esencial y determinista sino  como una forma de individuación y diferenciación que se da a través de interacciones complejas  entre las fuerzas corporales y las relaciones con los demás. Así, para el psicoanálisis, la  sexualidad se filtra a través de las fronteras entre individuo y civilización, e impregna la  totalidad de las relaciones sociales. El ser humano, desde la infancia, se ve inmerso en un  mundo de “otros” y es, por ello, imposible de definir de forma individual. Asimismo, Freud  defiende la precariedad de la identidad y de los lazos sociales, ligada a la falta de estabilidad de  las fuerzas que nos unen los unos a los otros. Tanto la subjetividad como la sexualidad, de hecho,  son vistas como desvíos de la naturaleza que perjudican e incluso imposibilitan cualquier  sentimiento de unidad del yo o de una comunidad determinada. Sin embargo, aunque Freud  parece querer poner en cuestión nuestra percepción sobre la diferencia sexual vemos que se  basa, en realidad, en dogmatismos sobre el sexo.

Otra de las cosas que critica Irigaray es la falta de análisis de la relación madre-hija en la  narrativa de Edipo. A su parecer, en la construcción de esta narrativa ha ocurrido una suerte de  matricidio y una eliminación sistemática de las genealogías y líneas descendientes femeninas.  Es decir, la figura de la mujer (madre o hija) no sólo no está representada correctamente sino  que se ignora totalmente su existencia. Esto resulta aún más flagrante cuando recordamos que,  en Freud, la mujer únicamente se define en base a ser madre o al deseo de serlo, pues incluso  siendo así no tenemos ninguna caracterización real de la misma. Por tanto, lo masculino es  marcado como lo original, y en la vida política únicamente está representado el linaje masculino:  padres, hijos y hermanos, funcionando las mujeres meramente como espejos u objetos del  deseo de los hombres. En esto se fundamenta el orden social que conocemos y se sustenta el  patriarcado: es la razón por la cual, según Irigaray, es posible mantener una falsa diferencia  sexual. El problema no es, por tanto, el complejo de Edipo, sino la falta flagrante de  representación de la mujer y de la relación madre-hija. Lo que debe hacerse para remediar a  ello, concluye, es extender la definición de “ser mujer”, para que deje de basarse en ser un mero  objeto y sea más bien un agente – no una referencia de lenguaje sino una transformadora del  mismo. 

Algo que puede venirnos a la mente cuando leemos la explicación del complejo de Edipo,  asimismo, es qué ocurre con los deseos y las sexualidades disidentes. Dado que Freud distingue  entre identificarse y desear sobre una base heterosexual (uno se identifica con el mismo sexo y  desea al opuesto), las hijas siempre se identifican con la madre y los hijos con el padre, no los  desean – si es el caso, la explicación que se da es que no han resuelto correctamente el complejo  de Edipo. La homosexualidad, por tanto, es necesariamente contradictoria, y basada en una  atadura incestuosa no superada. Según Butler, de hecho, el psicoanálisis en general apoya el  binarismo rígido de sexos cuando comete su error más fundamental, a saber: defender una  dicotomía heterosexualidad-homosexualidad en base a la cual el proceso de conformación de  la identidad se iguala a la heterosexualidad (una idea que encontramos también en Foucault).  Wittig, en la misma línea, defiende que el psicoanálisis sigue una lógica de “falta (de) y  negación”, siendo el hombre el todo y la mujer su negación, que busca completarse. Asimismo,  el psicoanálisis presenta la identificación sexual como el resultado del deseo incestuoso de un  hijo hacia su madre y, en este sentido, defiende Wittig, presenta la heterosexualidad como el  resultado de un trauma incestuoso. Es decir, resulta curioso que Freud insista en la  identificación como un proceso pero, sin embargo, base esta identificación en categorías fijas y  preestablecidas. 

En una charla que dio frente una gran escuela de psicoanálisis en París, Paul B. Preciado  defiende que el psicoanálisis se quedará atrás a menos que se desate de las categorías rígidas  en las que se basó en sus inicios, y acepte y recoja las nuevas formas plurales de familia,  identidad, sexualidad etc. con las que inevitablemente convivimos. Más aún, denuncia Preciado,  si la disciplina no rechaza el regimen patriarco-colonial que ha sustentado hasta ahora, se hace responsable de la violencia que produce:

el psicoanálisis puede escoger entre ser una tecnología  de normalización heteropatriarcal o, al contrario, una tecnología de invención de subjetividades  disidentes frente a la norma – debe hacerse consciente de este hecho y tomar partida.

Así, la  epistemología colonial que defiende esta disciplina destruye formas de saber no-occidentales y  no-binarios (una práctica que Preciado denomina “epistemicidio”), los cuales ponen en crisis  nociones normativas de feminidad-masculinidad y heterosexualidad-homosexualidad,  mostrando que son totalmente obsoletas (tanto dentro como fuera del psicoanálisis). Nos  encontramos en un colapso epistémico en el cual se da una proliferación de diferencias en los  cuerpos, deseos, prácticas, modalidades y formas de existencia de la vida que son imposibles de  ignorar; y el paradigma de la diferencia sexual en el cual se sostiene el psicoanálisis está en  crisis porque no reconoce esta realidad mutante. Más fuerte que la discriminación que se pueda  sufrir por la diferencia, concluye Preciado, es la vida destrozada al aceptar la norma. El  psicoanálisis, a día de hoy, participa en el proceso sistemático de aniquilación de la potencia  vital: puede decidir cambiar de rumbo – o aceptar su extinción. 

Por último, cabe mencionar la unión que proponen algunas de las autoras de la crítica feminista  del psicoanálisis entre existencialismo y feminismo: la tesis de que no se puede ser mujer y  sujeto a la vez es contingente y nace de un modelo masculino determinista, defienden. Lo que  se reivindica es, al contrario, que la mujer rechace este modelo y tome su vida en mano,  practique su independecia y su agencialidad. Existe un debate en torno a si la mujer es mera  víctima de su poca libertad o si, al contrario, puede (y debe) hacer algo para cambiarlo, por ser  un agente responsable de su destino. Beauvoir, por ejemplo, es partidaria de la segunda opción,  reivindicando un existencialismo para el feminismo. De hecho, en este sentido, Freud y  Beauvoir están de acuerdo en que mujer no se nace sino que se hace, y a ambos les interesa el  proceso de conformación de la feminidad, aunque claramente difieren en su definición del  mismo. Otra cosa que tienen en común es la importancia que le dan a las narrativas de las  mujeres en primera persona, poniéndole énfasis a las emociones que éstas describen (aunque,  de nuevo, es obvio que no las interpretan de la misma manera). Irigaray, por su parte, es  partidaria de la idea del sujeto como un yo dividido, pero cuestiona, al igual que Beauvoir, la  compatibilidad entre subjetividad y feminidad. 

Así, aunque claramente difieren en sus conclusiones, vemos que existe una confluencia entre  psicoanálisis y feminismo en algunos de sus conceptos, intereses y debates de fondo. Sin  embargo, desde este punto en el que nos encontramos, es necesaria una relectura feminista  completa, sin la cual el psicoanálisis como terapia, teoría y programa de investigación está  condenado a quedarse atrás. Reexaminar teorías (más o menos aceptadas) desde un punto de  vista actual no significa necesariamente deshecharlas, pero es un ejercicio fundamental si  queremos seguir sacándoles partido – Edipo no es ninguna excepción. 

Elisabeth Walhain

Bibliografía

“Freud”, Stephen P. Thornton, The Internet Encyclopedia of Philosophy, ISSN 2161-0002,  https://iep.utm.edu/freud/. 

Freud, S. (1923/1973): El yo y el Ello. Madrid: Alianza Editorial. 

Johnston, A. (2018): “Jacques Lacan”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, (URL:  https://plato.stanford.edu/archives/fall2018/entries/lacan/

Preciado, P.B. (2020): Yo soy el monstruo que os habla. Barcelona: Anagrama. 

Zakin, E. (2018): “Psychoanalytic Feminism”, The Stanford Encyclopedia of Philosophy, (URL:  https://plato.stanford.edu/archives/sum2011/entries/feminism-psychoanalysis)

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