JEROGLÍFICOS MINIATURA

Por Fran Leotta-Meclazcke

Escribir poesías de amor y dibujar paisajes montañosos eran los pasatiempos favoritos de una niña de tez morena y grueso cabello negro. Nacida en el pueblo de Caucete, al este del oasis agrícola del Valle del Tulúm, su amor por el arte se mantuvo vivo en cada manualidad que diseñó como docente de nivel inicial. Años más tarde, y luego de toda una vida, esa niña se convertiría en mi abuela.

Ana María nació en 1953. Es legítima miembro de la generación Baby-Boomer. Conocides, entre muchas otras cosas, por ser el segmento de la población que más tardíamente asimiló los avances tecnológicos bruscos de la segunda mitad del siglo XX.

De Buenos Aires a San Juan hay 20 horas de colectivo. A veces, pueden ser más. Hago este recorrido desde que nací y conozco cada ruta y sus paisajes de memoria. La vez al año que atravieso los 1200 kilómetros que nos separan para vernos, mi abuela Ana María me cuenta, mate dulce de menta mediante, que sueña con tener sus memorias escritas. Me mira con sus ojos negros de enamorada, y solo pienso en que yo sería la primera en querer leerlas. Quiere, además, escribir sobre su vínculo con la espiritualidad. La religión siempre fue su sostén: rasgo característico de la cultura cuyana.

Les boomers habitan una sociedad muy distinta a la de su juventud. Antes, la tecnología más avanzada era la televisión, el teléfono, la radio, o la heladera. Ahora, habitan una sociedad que gira en torno a lo digital y lo robótico. Una sociedad para la cual la escritura a mano comienza a quedarse en el pasado.

Me muestra su cuaderno de tapa azul que reposa en su cajón. Es de terciopelo y tiene una estructura rígida, ideal para escribir. Lo más curioso: su interior está vacío. ¿Cuántas hojas de papel son necesarias para retratar toda una vida? Veo sus manos de piel arrugada y huesos marcados. No son suficientes un par de dedos mortales con sus tendones de porcelana para todo el esfuerzo que requiere pasar a mano una autobiografía.

ID: La sonrisa de una señora mayor al lado de una flor amarilla.
Foto de Edu Carvalho

—¿Y por qué nunca aprendiste a usar la computadora? — le pregunto, en mi ingenuidad.

—Es que nadie de la familia de hijos que tengo me quiso ayudar —me pasa un mate y yo la escucho con atención y cariño — . Fui a la Facultad de Ciencias Sociales porque daban cursos.

—Ah, está bueno eso, ¿no?

—Sí, pero bueno, yo no tenía notbuc, y me bajoneó un poco porque no me alcanzaba para comprar una —aprovecho para abrazarla cuando le devuelvo el mate.

—Pensé que me ibas a decir que tenían compus ahí en la facu.

—No tenían. Además, aunque me hubiese alcanzado para una notbuc, nadie quería sentarse conmigo a explicarme aunque sea media hora al día —una sensación de culpa me atraviesa, lo disimulo.

—Abu, ¿entonces no seguiste yendo?

—Lo dejé, y lo lamento, porque como se presentan las cosas, no sos nada si no sabés usar la compu —revuelve la bombilla en el mate, contrario a como hacemos en capital, y toma un sorbo.

—¿Y por qué no te ayudaron?

—Siempre ocupados. O me hacen las cosas, en vez de explicarme cómo hacerlas por mi cuenta, porque están apurados.

En paralelo a las clases sociales, existen las clases de edad, que no son más que otro constructo que excluye. El adultocentrismo es una palabra que define a la tendencia de que el modelo de referencia para la visión del mundo sean solo las personas en etapa adulta, dejando de lado o bien subordinando a las personas de otras edades. Es un concepto estrechamente vinculado a la discriminación por edad.

Así, el acceso a la tecnología es adultocentrista. Segregar y rechazar a les mayores es, a fin de cuentas, un mecanismo reaccionario para evitar pensar en nuestra propia mortalidad. El miedo a la muerte, a la discapacidad y la dependencia son las principales causas de discriminación a las personas mayores.

Estas ideas no son azarosas. Sobre todo cuando consideramos que vivimos en una sociedad tipificada en los valores de productividad y consumo, para la cual la población joven es el recurso principal.


Foto de Andrea Piacquadio

Increpo a su hijo mayor. También conocido como Mi Padre, ingeniero en sistemas. Me cuenta que hacía rato le había conseguido una computadora a su madre y que le dio las indicaciones de cómo encenderla y apagarla.

—Es verdad —confiesa Ana María—, pero sus instrucciones dependían de saber usar el teclado. No tengo ni idea de qué significa el símbolo de cada una de las teclas. Las veo, y no es español para mí.

Pienso en la tecla Control, en el Alt, en el Shift, en la Barra Espaciadora, en el Enter, en la Bloq Mayús. Jeroglíficos en miniatura. Encapsulados dentro de cuadrados plásticos, uno al lado del otro, miembros de una configuración espacial que mis dedos conocen de memoria.

ID: Un gif animado de un teclado y unas manos sobre él. Sale una flor del teclado y vuelve a meterse para adentro.
Gif de Sweet Like Candy en Tumblr

Tengo 23 años y puedo escribir en el teclado con los ojos cerrados, mirando a una pared más allá del monitor, o con una sola mano. Mis pensamientos fluyen desde mi cerebro hasta la punta de mis dedos, sin ningún malestar de por medio de detenerme para ubicar la letra que quiero presionar. Me siento privilegiada.

—Es muy feo lo que se siente. Te frustra. Te convencés de que no vas a poder aprender —agrega mi abuela — . A la larga aprendí a usar el celu, solo entro a las aplicaciones que necesito.

Ella es una mujer de emociones profundas. A veces, me gusta creer que de ahí heredé mi propia intensidad. Mi cerebro rebalsaría si no tuviera mis espacios para escribir. Tal vez por la idea imaginaria de que a ella le pasaba lo mismo, o en un acto de compensación culposa por mi ausencia, es que le regalé una máquina de escribir. De las analógicas. De cinta y papel. Su carcasa lleva el tipo de plástico color verde pastel que se usaba en los ’50. Las teclas, duras y redondas, están bien separadas entre sí. Y lo más importante: están en español.

Una máquina de escribir no es nada más que para escribir. Valga la redundancia. No tiene internet, no necesita anti-virus, ni tiene complejos sistemas de procesamiento de texto. Solo es presionar letras, armar palabras, y cambiar de hoja.

El envío fue más rápido de lo esperado. Le llegó a los días.

—¡Sé usarla! Es igual a una que usaba cuando trabajaba en una oficina —me cuenta vía WhatsApp, entre mayúsculas de más, emojis de menos y puntuaciones accidentadas.

Todo es emoción. Un boomer corazón llenando de amor a un centennial corazón que sabe de querer ser la nieta favorita.

Un poco siento que mi tarea acá está cumplida. A los días, entiendo que no: ahora nadie quiere ayudarla a cambiar la cinta de la máquina para tener tinta nueva. Le mando videos de YouTube. Los abre, los entiende, me dice que igual prefiere no tocar mucho para no romperla. Reniego con mis familiares adultocentristas una vez más. Eventualmente, consigue alguien que se la cambia.


Foto de Cadeau Maestro

En toda esta vorágine reflexiva sobre edades y tecnología, pienso en los desafíos que mi yo mayor tendrá que afrontar. Inteligencias artificiales como terapeutas, llamadas holográficas con mi familia, reemplazo de partes humanas por partes robóticas, entre otras fantasías.

Trato, inútilmente, de entrever cuáles serán las cuestiones sociotecnológicas y culturales de las cuales quedaré excluida. ¿Qué nuevas formas adoptará la discriminación por edad para seguir infiltrándose? El sentido común pide que los esfuerzos se orienten a una sociedad más empática e inclusiva para con les mayores. La otra opción es reclamar instrucciones para los jeroglíficos en miniatura del futuro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: