Especial de Navidad

Por Leandro Fuentes Sobelvio

Otra vez me veo acá
triste en navidad
sabiendo que
voy a terminar escabiando whisky en
el techo de casa
hasta ver el sol.-

Comencemos por lo primero, Dios ha muerto. Los históricos asesinos acuden al altar para obtener –dicen– el perdón de los pecados. Están los más asiduos a predicar el evangelio en misas sistemáticas, no sólo días domingos, también están los que en fechas fijas asisten con una extraña puntualidad a la “Casa del Señor”; esto sucede con mayor frecuencia en navidad, fin y comienzo de año. Es un rito, una suerte de amuleto para algunos, pareciera que de alguna forma estarían buscando la manera de disculparse por los errores cometidos, y aprovechar el momento para hacer promesas y pedir un poquito más. Todo esto me resulta muy triste, la constante inseguridad del ser humano ha llevado a las personas aferrarse a un discurso que ofrece contención divina hacia el camino de “la eternidad”. No sé ustedes, pero yo estoy un poco harto de todo este circo. Si existe una iglesia, tendrá la forma que yo necesite.

Existir en el mundo de hoy es un infierno, ¿Qué podría ser peor? Es bajo el paradigma post pandemia, donde la vida se resume en un instante, y en consonancia, nada mejor que vivirla: confiar en que algún día seremos libres, entender que la vida es un experimento y ya. Pero los perímetros del sistema en el que nos encontramos inmersos nos conducen hacia un orden social organizado, donde las instituciones destruyen cada vez más el sentido de vida (Dios da vueltas en mi cementerio). En estas navidades del terror, en tiempos de violencia y Tecnocracia el término familia ha perdido iconicidad, se ha convertido en un día de faena, en un encuentro forzado, en la cena más cara del año, junto a la del 31 de diciembre.

Vemos un jardín amplio y a los abuelos que se van acomodando para atornillarlos en un sillón hasta que algún familiar decida llevarlos de regreso a sus camas, son un montón de personas con barbijo a mi alrededor; deseo olvidarlos. Busco rápido el baño de visitas, compruebo que el ácido está en su lugar. Abro la llave de agua fría, me veo en el espejo, compruebo que estoy lúcido; aprieto el botón del inodoro y salgo. Me acerco lentamente a la mesa y escucho como se repiten historias, anécdotas vencidas, pero todos hacen como si nunca hubiesen existido; ríen en una extraña complicidad. ¿Cómo hago para fumarme toda esta mierda? Están los tíos que la van de alta gama, dejando en claro cuáles serán sus próximos viajes en primera clase –aunque sabemos que irán en clase turista–, los otros tíos que al escuchar esto no quieren quedarse atrás, y dejan en claro cuáles serán sus vacaciones argentinas. Después están los que no irán a ninguna parte porque tienen que trabajar, y esto parece que funciona así para que otros sí puedan disfrutar del verano. En otro orden de cosas, suceden conversaciones entre primos, conversaciones que se van fragmentando por la incomunicación. Todos están atrapados en ese hechizo somnoliento que es internet: por ejemplo, comienzan a enviar y recibir todo tipo de mensajes en cadena vía celular por el día de navidad, no falta la noticia de que llamó un pariente de otra provincia o país para dejar saludos, todo esto sucede cada navidad, del mismo modo cada año nuevo. Y es raro, porque se nos dice que ahora estamos interconectados, pero a la vez parece volvernos cada vez más aislados. Son encuentros con un gran grado de ficcionalidad; en realidad es una farsa demasiado real.

Noche de paz
Noche de amor
Todos acá por favor
mamá e hijo con antifaz
disfrutando su noche de paz
Sueña un sueño imposible.

No nos visitamos nunca entre familiares, sabemos algunas pocas cosas por la existencia de las redes sociales, quizás algún cumpleaños, pero cada vez nos vemos menos, ni siquiera decimos lo que realmente pensamos o hacemos, todo lo contrario, surgen caretas que intentan ofrecer la mejor imagen a cambio de que todos nos creamos lo bien que cada uno está. Mis primas, se observan entre ellas, se analizan la ropa que vistió cada una para una cena tan brillante, tan significante; tan despreciable. Se sacan fotos, hablan de peluquerías y todas esas cosas que pudieran interesarle a alguien capaz de soportar un desfile de moda. Los primos ubicados en otro sector de una mesa gigante, van ingresando en conversaciones efímeras, conversaciones que van desde el último modelo de auto hasta las mejores marcas de pañales, pasando inevitablemente por el deber de dejar en claro lo genial que es el trabajo que cada uno tiene, inevitable es caer en la irresponsabilidad de ejecutar comentarios políticos que mueren en la simpleza (proyección de mis colegas, esos periodistas nefastos). Sí hay algo que me gusta de todo esto, es que me pierdo de a ratos mirando las tetas de mis primas, las piernas y el orto de cada una de ellas; por lo general para navidad siempre usan vestidos algo fácil de interpretar. Pero esto no alcanza para soportar lo que supuestamente es una fecha fija del calendario entre personas que aproximadamente durante 360 días no he visto, y ni siquiera he tenido la necesidad de ver.

Noche de paz
Noche de amor
Todos acá por favor
mamá e hijo con antifaz
disfrutando su noche de paz
Sueña un sueño imposible.

Luces de colores, olor a pasto recién cortado, una piscina y una mesa enorme en una casa que no reconozco. Voy saludando por inercia, por cercanía; siempre aparece alguien que nunca vi antes. Sólo hay una certeza: otra vez voy a deprimirme en Navidad. Un perrito corre desesperado por la invasión humana y los fuegos artificiales, pero no tardan en llevárselo para encerrarlo hasta que todo esto termine. Los animales tanto como yo sufrimos el estruendo que producen los fuegos artificiales. En otra mesita van armando todo el menú, hay comida por la que pagué un precio bastante caro alguna vez, y pienso en que esta noche debería comer de todo, pero rápidamente el apetito se corta, pese a que llevo días sin comer bien, durmiendo mal, trabajando duro en la corrección de poemas, y todo el cansancio que eso implica… sirvo un poco de ensaladas y me siento a comer mientras todos comienzan a masticar carne animal. Mis sobrinos que no han parado un segundo de correr y arrojar chasquibum han descubierto que el gordo asqueroso de traje rojo y barba blanca es una mentira, esbozo una sonrisa, mis primas, las nuevas mamis de la familia comienzan a improvisar algún cuentito para continuar con la farsa de la navidad. Observo un pesebre en el centro de la mesa, (les juro es demasiado barroco todo). La mayoría, sobre todo los tíos no pueden esquivar de caer en conversaciones de agenda política, es una mesa bastante gorila, antes podía dedicar toda la noche a combatirlos, pero ahora prefiero el silencio, y sonreír con total indiferencia mientras busco un punto de fuga para que todo pase rápido; sólo pienso en que esta noche debería terminar en la cama de alguna chica, pero rápidamente pienso en que no tengo guita y además no sé manejar. Esta noche todo queda lejos.

Alguien levanta su copa cargada de vino, todos comienzan a saludar por la noche buena, funciona como un carrusel, es como si todos giraran a mi alrededor para ir estrellando sus copas. Nunca falta alguien que se tropieza y cae, o vuelca al mantel un poco de vino. Todos regresan a sus lugares y continuamos comiendo. Cada vez tengo menos hambre, en la mesa de atrás hay un montón de comida, pero realmente toda esta situación me deprime.  

Es las doce grita un tío y ahora el carrusel por segunda y última vez se vuelve a activar, de nuevo todos a saludarse, pero esta vez con el slogan de feliz navidad. Ahora sí, estoy cansado, esta rutina protocolar no sólo ha interrumpido mi tranquilidad; ya no aguanto tanta hipocresía y a cada uno que se me acerca les digo: ¡está bien, brindemos, pero no creo en toda esta mierda! Como resultado me ofrecen caras de desconcierto, alguien dice algo del renacer, mis primas dicen “hay chicos en la mesa”, mi abuela habla del niño Jesús, un tío que siempre ha creído que por mi barba soy comunista dice “pasa que los comunistas no tienen corazón”. Todo esto que me pasa me hace pensar en que realmente están todos locos.

Un primo disfrazado de gordo yanqui con traje rojo aparece por la terraza, aprovecho para armar un cigarrillo mientras llega “Papá Noel”. Hay regalos para todos y todas, me quedo fumando cerca de la piscina pensando en la fortuna que debe valer esta casa, no olvido que la base de todo esto se encuentra en el sacrificio obrero. Pero bueno, acá estoy, una vez más en la fiesta de navidark, en una foto familiar más, sobredosis de conversaciones ajenas, de acento político barato; soy un vagabundo que camina por otra vereda. 

Lo único que puedo hacer es
beber en lo posible
todas las cervezas que se me crucen
y esperar a que aparezca un amigo
el héroe de la navidad
y así tal vez
recuperar
tiempo perdido.//

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