Verdad Consecuencia

Por Julieta Traveset

Betiana arrancó un puñado de flores del canterito y se puso a quitarles los pétalos uno por uno, dejándolos caer en la mesa. Carolina pensó que ese gesto hablaba mucho de su forma de ser ―prepotente y mandona―, mientras le pasaba el vaso en el que habían preparado el tereré. Ni siquiera la miró para dedicarle un gesto de agradecimiento y Carolina sumó “maleducada” a la lista mental de características que le había atribuido antes. Con tan sólo doce años, era todavía muy chica para cuestionar las presunciones que suelen hacer los adultos al asumir que dos chicas tienen mucho en común por el solo hecho de tener la misma edad. Por eso cuando iban a casa de la abuela Coca, aceptaba con sumisión su deber de compartir la tarde con su prima. Aunque eso significara permanecer en silencio la mayoría del tiempo mientras la escuchaba decir muchas malas palabras. 

Más que rechazo, Carolina sentía una gran incomodidad al estar con ella A menudo le daba vergüenza su necesidad de ser tan agresiva todo el tiempo. Sentía que Betiana buscaba demostrar algo con mucho ahínco, pero no entendía bien qué. Le costaba pensar que tuviera algún secreto, pues era completamente transparente y no le importaba decir lo que pensaba en todo momento como le saliera, sin molestarse en advertir la reacción de los demás. Esas cosas le parecían bochornosas, como esa vez en que al vecino de la otra cuadra se le había ido la pelota hasta el rincón del parque en donde ellas estaban sentadas y Betiana, al devolvérsela, le había gritado “¡A ver si aprendés a patear mejor, mariquita!“. 

Más de una vez había estado tentada de decirle que esas actitudes no eran agradables. Pero entonces recordaba algún insulto o alguna burla de su prima y se sorprendía a sí misma frunciendo toda la cara brotada de enojo, borrando así cualquier rastro de compasión de sus planes. Le costaba entender porqué se portaba como se portaba. Sí, a lo mejor el tío Carlos no era el más atento de todos y la tía Rita la retaba mucho por pavadas. También era verdad que Betiana tenía hermanos mucho más grandes y que había crecido sin nadie con quien jugar; pero Carolina era hija única de padres divorciados y no se portaba así. 

―Estoy aburrida ―Protestó Betiana, una vez que le quitó el último pétalo a la flor. Carolina no dijo nada, pero sabía que ese comentario era un reclamo para ser entretenida. Confirmó su sospecha cuando sintió los ojos verdes de su prima clavados en ella. 

Carolina se encogió de hombros. Sus sugerencias siempre eran descartadas, así que había aprendido que lo mejor era seguirle la corriente hasta que Betiana misma elaborase un plan que fuera de su agrado. 

―¿Qué podemos hacer?

―No sé. Algo que no haga mucho ruido. Están todos durmiendo la siesta. ―Sugirió ella, como para que pareciera que había querido pensar algo. Betiana apretó los labios y se llevó una mano al mentón, para rascarlo en un gesto pensativo. 

―¡Ya sé! ¡Juguemos al “Verdad Consecuencia”! 

Carolina sintió que un nudo se le formaba en la panza. No le gustaba ese juego. Cada vez que lo jugaban en el colegio, buscaba una excusa para evitarlo. Le daba terror participar de él y terminar sumergida en una situación vergonzosa o que su inexperiencia no le permitiera sortear. Elegir “Verdad” podía significar revelar alguno de sus más profundos secretos frente a un montón de desconocidos, pero negarse y someterse a la “Consecuencia” podía ser peor. Podían exigirle que se paseara por toda la escuela con algo ridículo puesto o que hiciera una travesura que la metiera en problemas. O más grave aún: que besara a algún chico. 

No era que no le atrajera la idea de dar su primer beso, pero no deseaba que fuera el resultado de un tonto juego. Había dedicado demasiado tiempo de su vida planeando cómo debía ser, procurando guardarse para la persona indicada. Alguien que sintiera lo mismo que ella y le imprimiera la misma importancia. Y deseaba con todas sus fuerzas que ese alguien fuera Ramiro… 

Vaciló antes de responder. Tenía que medir bien sus palabras. Sabía que negarse podía resultar en un inconveniente mayor, porque lo único peor que Betiana era Betiana de mal humor. Lo cierto era que su prima hacía unos berrinches tremendos y perdía el control fácilmente, sucumbiendo a la realización de prácticas violentas tales como tirar del cabello o arrojar limones que arrancaba del árbol del fondo. Pero por otro lado, acceder a su pedido implicaba un enorme riesgo. ¿Y si le preguntaba algo muy vergonzoso? ¿Y si la obligaba a hacer alguna cosa que la metiera en problemas? 

Tragó saliva y se tomó un tereré como para ganar un poco más de tiempo. ¿Qué era peor? ¿Aguantar el mal humor de Betiana o arriesgarse? Concluyó que el mal humor era una consecuencia segura e irremediable mientras que el riesgo tenía sus matices. A pesar de ser familia, no eran ni cercanas ni íntimas. Betiana no sabía ni cómo se llamaban sus compañeros de escuela ni sus amigos. En ese contexto, con tan poca información, las preguntas que pudieran demandar responder con la verdad no prometían ser demasiado incisivas y las prendas que pudieran exigirse estaban limitadas por el espacio de la casa de la abuela Coca. A fin de cuentas, si Betiana la retaba a que saliera caminando con la remera al revés por todo el barrio, por ejemplo, no iba a importarle demasiado. 

―Bueno, dale. 

―Empiezo yo.

No le sorprendió que Betiana tomara las riendas. 

―¿Verdad o consecuencia? 

―Yo lo juego distinto. ―Se defendió ella, cruzando los dedos por detrás de su espalda porque eso no era enteramente cierto. Jamás había jugado, pero sí había observado a otros hacerlo. ―Primero se hace la pregunta y ahí elegís si respondés con la verdad o preferís la consecuencia. 

Betiana frunció el ceño y Carolina temió por un instante que fuera a enfadarse. ―Bueno, está bien ―Le quitó de un manotazo el tereré y el termo para servirse uno sin su permiso. ―. ¿Te gusta alguien? ¿Verdad o consecuencia? 

Carolina reprimió el impulso de suspirar aliviada. Esa pregunta era fácil e iba a poder contestar con la verdad sin riesgos. 

―Verdad. Sí. 

―¿Quién? 

―No, ahora voy yo. ―La atajó. ―¿Vos le robaste el gato al vecino? ¿Verdad o consecuencia? 

Betiana la fulminó con la mirada antes de contestar y Carolina no tuvo que esperar que le comunicara su decisión para entender qué había pasado. Ese gesto había sido suficiente. Su prima ladeó la cabeza, corriéndose el enrulado cabello hacia atrás y respondió: ―Verdad. Sí, yo me robé a Manchita. 

Carolina sonrió triunfal. A lo mejor el juego no era tan malo y hasta terminaba divirtiéndose un poco. Betiana tomó otro tereré y apoyó el vaso con violencia. 

―Es que maullaba mucho a la noche. No sé como el Tata puede dormir. Así que salí al patio cuando, lo llamé con un poquito de atún que había quedado en la heladera y lo saqué a la vereda. No era mi intención que no pudiera volver, yo pensé que sabía cómo. Después no pude dormir por la culpa. Pensé en decirle al Tata… Pero mi mamá me mata. Entre eso y que me llevé matemáticas el trimestre pasado, seguro me termina castigando. 

La voz le tembló al terminar y Carolina percibió un dejo de arrepentimiento en esas palabras. Esbozó una sonrisa, esta vez compasiva. Nunca la había visto mostrarse así. ―No voy a decir nada. ―Prometió. No estaba de acuerdo con ese juego, pero tenía en claro una cosa: lo que se hablaba en el “Verdad Consecuencia” tenía que quedar ahí. Era un acuerdo tácito que no admitía excepciones y que todos respetaban sacramentalmente. Betiana le devolvió la sonrisa. 

―Bueno, voy yo. ¿Quién te gusta? ¿Verdad o Consecuencia?

Carolina sintió que un yunque le caía en el estómago. Alzó la vista y observó como el dejo de tristeza había abandonado el semblante de su prima y en su lugar se encontraban la picardía y la soberbia que solían habitarla. Se mordió el labio mientras pensaba qué hacer. Betiana no conocía a sus compañeros, mucho menos a Ramiro, pero no le despertaba confianza. Nadie se la despertaba, en realidad, porque a nadie le había reconocido tan delicada verdad. Ni siquiera a su mejor amiga. 

Apretó los puños y le sostuvo la mirada sabiendo que no tenía más opción que responder: ―Consecuencia. 

Una sonrisa maligna se dibujó en el rostro de su prima. 

―Está bien. De prenda, tenés que llamarlo por teléfono. 

―¿Qué? ―Inquirió, intentando disimular la taquicardia. ―¿Cómo lo voy a llamar? No tengo su número. 

Eso era mentira. No sólo tenía el número de la casa de Ramiro, sino que lo había memorizado en un arrebato de desesperación, por el temor que le significaba perder contacto con él ante la eventual posibilidad de que se cambiara de escuela. 

―Buscalo en la guía. 

―¿Y si no lo encuentro? 

―Entonces me vas a tener que decir la verdad. ―Resolvió Betiana, mirándose las uñas distraídamente. ―Son las reglas del juego. 

Carolina no sabía qué la enojaba más: la existencia de ese estúpido juego, haber sido tan ingenua como para acceder a jugarlo o que Betiana tuviera razón. 

Se quedó en silencio mientras pensaba qué hacer y sentía la brisa correr con más fluidez. El sol estaba empezando a bajar de a poco, lo que significaba que pronto todos se levantarían de la siesta. Si decidiera cumplir la prenda, lo mejor sería hacerlo mientras todos siguieran dormidos para garantizar un poco de intimidad en tan vergonzosa hazaña. Finalmente, dejó salir un suspiro. 

―Bueno, está bien. 

Se tomó un último tereré y salió a toda velocidad hacia la puerta del lavaderito para entrar a la casa. Sabía que su prima iba a seguirla para comprobar que cumpliera con su palabra y para gozar de verla avergonzada y vulnerable. Porque así era Betiana. Se había equivocado al pensar por un segundo que era diferente. No, era así. Mala, caprichosa y altanera. 

Escuchó los pasos detrás de ella y apuró la marcha con la intención de llegar al teléfono lo antes posible y terminar con la situación de una vez. Cruzó el umbral de la puerta que conectaba la cocina con el living y cerró detrás de sí para ganar unos segundos más de soledad. 

Antes de discar, rogó en su fuero interno que nadie contestara. No tenía las agallas para mentirle a su prima, aunque había comprobado que ella no merecía ni su lealtad ni su honestidad. Era una cuestión de principios: a Carolina no le gustaba mentir. Mil veces había escuchado a sus amigas contar cómo hacían lo mismo que le tocaba hacer en ese momento, llamando a la casa de los chicos que les gustaban nada más que para escuchar sus voces. Algunas valientes, al oír que quien las atendía del otro lado era la madre o el padre del susodicho, pedían que les pasaran con él y omitían identificarse, consiguiendo así su cometido antes de colgar el teléfono. 

A Carolina aquella práctica nunca le había parecido atractiva. Carecía de sentido y suponía un estrés innecesario. Además, si Ramiro se enteraba, no podría volver a verlo a la cara sin morirse de vergüenza. Respiró hondo para ganar un poco de coraje y marcó el número de un tirón. La puerta de la cocina se abrió y Betiana entró al living. Todavía llevaba plantada esa maldita sonrisa burlona en su rostro y Carolina tuvo que contenerse para no tirarle el teléfono por la cabeza. Oyó tres largos tonos sonar en el auricular, y cuando estaba a punto de cortar, se escuchó un “clack” y alguien atendió. 

―¿Hola? 

Era la voz de Ramiro. 

Carolina sintió que un chispazo le sacudía todo el cuerpo mientras el corazón le saltaba a la garganta. Era él, no podía creerlo. Una parte de ella sabía que era una situación esperable: a fin de cuentas estaba llamando a su casa. Pero la otra, la que manejaba sus emociones, se sentía flotando en una nube. Hasta ese momento, Carolina nunca había prestado atención al tono de voz de Ramiro. A su forma de hablar determinada pero dulce, correspondiéndose con la impresión que ella tenía de él. 

―¿Hola? ―Insistía él del otro lado. 

Pero Carolina no contestaba. Ya no era la vergüenza. Eran las ganas de que el momento no terminara, de seguir escuchando esa voz sin que estuviera opacada por el griterío de su curso, sin tener que disimular que le estaba prestando más atención que los demás. Sin hacer de cuenta que miraba al pizarrón mientras aguzaba el oído para descubrir qué era lo que él le decía a su compañero de banco en clase de Lengua. Era el comprobante de que, por ese ratito, él era para ella. Aunque tuviera que ser bajo el anonimato de su silencio. 

―¿Hola?

Carolina abrió la boca, impulsada a responder, pero se contuvo. Aquel arrebato le costó caro, haciéndola aterrizar de golpe y recordar el motivo que la había llevado a esa situación. Y entonces el corazón le volvió a latir con fuerza pero el calvario acabó cuando escuchó nuevamente el tono, indicando que Ramiro había colgado. 

Dejó el teléfono en la base mientras Betiana la observaba confusa. La adrenalina volvía a abandonarla, dando paso al recuerdo de aquel breve momento, de aquel instante en que Ramiro le había pertenecido. Aunque él nunca fuera a saberlo. 

―¿Y? ¿Qué pasó? ―Apuró Betiana. 

―No atendió nadie. 

Y esta vez, Carolina no cruzó los dedos en su espalda, pues había comprendido que hay momentos que son tan hermosos que merecen ser protegidos a cualquier costo. ―Ahora me toca a mí. 

Betiana le escudriñó el rostro unos segundos, pero no replicó. Sin decir nada, se puso de pie para volver al patio. Carolina la imitó mientras reproducía en su mente una y otra vez la vacilante voz de Ramiro, segura de que jamás olvidaría ese sonido.

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