Diario Pandemial

Por Jimena Saavedra

Jueves: El peor día, no puedo dormir siesta. La siesta es sagrada, dicen en el campo. Ahora que estamos en pandemia la siesta es un hábito más, como limpiar todas las cosas del supermercado con agua y lavandina antes de guardarlas. ¿Es necesario realmente? Es algo que me estresa, me agota, me arden las manos de tanto usar lavandina y alcohol en gel y jabón y detergente. El celular ya no me reconoce la huella digital para desbloquearlo. ¿Es posible que se borren las huellas dactilares? Sería bueno saberlo. En fin. El jueves me toca trabajar todo el día, sin parar, de nueve de la mañana a cinco de la tarde, y a las seis está el curso del posgrado. Termino a las nueve de la noche rendida y aturdida y con los ojos rojos de tanta pantalla. Pero lo peor es que no tengo tiempo de dormir la siesta.

Viernes, otra vez: Me levanto pensando en cómo extraño los viernes de antes, de lo que llaman la vieja normalidad. Me causa gracia hablar de vieja y nueva normalidad como si algo en este mundo fuera normal. Pero bueno, extraño cuando los viernes eran viernes, el día más esperado de la semana. Salir del trabajo, tomar una cerveza en un bar lleno de olor a frito y queso cheddar caliente, volver a casa en el tren medio borracha, llegar y bañarme para sacarme el olor a papas fritas con verdeo. Era casi como el ritual de la lavandina. 

Sábado que no es sábado: Antes de que el mundo tal como lo conocíamos se viniera abajo, tuve la gran idea de anotarme en un posgrado. Las materias troncales se cursan los sábados así que ahora el sábado pasó a ser un día más como el lunes o el martes. Lo bueno es que como las clases son virtuales no tengo que trasladarme a la universidad, lo malo es que ahora la semana tiene seis días y uno de descanso. Como cuando dios creó al mundo. Me despierto y tengo que escuchar la clase grabada que mandó el profesor, leer los textos que no leí en la semana, conectarme tres horas y cuando todo termina sigo teniendo cosas que hacer. ¿Acaso esto no se termina nunca? Puede que lo agotador sea no tener planes para el finde. Y no, un cumpleaños por zoom efectivamente no es un buen plan de sábado en pandemia. Que quede claro. La virtualidad tiene un límite.

Domingo, al fin. Aunque intente levantarme tarde, no puedo. Ahora que no hay sábado, el domingo es el nuevo sábado. Hay que limpiar, lavar la ropa, hacer las cosas que en la semana no hay tiempo. Pero también están las facturas y el mate y el diario y el olor a domingo. Me encanta el olor a domingo. Lo que no esperaba de este domingo en particular fueron los 33 grados de calor. Qué rápido llegó el verano. Siento que fue hace un mes que guardé la ropa de verano y bajé toda la de invierno, ropa que casi no usé porque no pude salir. En ese momento pensaba en que quizás para fin de año iba a poder volver a usar los vestidos y las sandalias, pero por como viene la cosa, seguiré con los shorts deportivos, las remeras de entre casa y las crocs rosas que no combinan con nada. Así. Todo el verano. No pienso salir, claramente pandemia y calor son una muy mala combinación. No podemos sentarnos en un bar con aire acondicionado, no podemos entrar al shopping solo para refrescarnos. No. Nada. Todas las reuniones al aire libre, en una plaza, calor, mosquitos. Respirar en el verano húmedo de Buenos Aires ya es difícil, ¿Probaron intentarlo con un barbijo de tela mientras caminan por la calle con 30 grados centígrados? Bueno hoy lo probé. No lo recomiendo para nada.

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