Identidad múltiple en la modernidad líquida

Por Elisabeth Walhain

La ya clásica novela contemporánea The Dice Man nos cuenta la historia de un psiquiatra estadounidense de mediana edad que, atosigado por su rutina, decide empezar a tomar todas sus decisiones tirando dados. Así, se plantea diversas opciones aleatorias, cada cual más osada y desafiante que la anterior, y los dados deciden cuál de ellas debe performar y cuáles descartar o dejar para otro momento. Si aparcamos las controversias éticas generadas por algunas escenas que aparecen a lo largo del libro, ¿cuál es el motivo por el cual ha resultado tan impactante la publicación de esta obra?, ¿por qué sigue citándose y criticándose a día de hoy? 

La motivación de fondo del protagonista para embarcarse en este caos estadístico es escapar de la monotonía de las posibilidades vitales limitadas que su situación personal, edad, profesión etc le ofrecen. Con su pequeño experimento, pretende pues poner en cuestión la inevitabilidad de este hecho y demostrar que el ser humano, si lo desea, es capaz de encaminar su vida literalmente hacia cualquier dirección. Las derivas negativas del experimento, como cabría esperar, no tardan en dejarse ver, pero su tesis queda demostrada. 

Todo apunta, pues, a que este interés por la obra se debe (al menos en parte) a lo que ésta nos dice acerca de la identidad: a partir del momento en el que nos preguntamos “¿cómo es el Yo del Hombre Dado?” nos damos cuenta de la profundidad de su planteamiento. Puesto que es el dado el que decide las acciones que va a realizar el protagonista bajo el lema, podríamos decir, de “la acción por la acción” (sin justificaciones ni criterios morales, personales etc.), y puesto que la relación entre acción e identidad es una relación de dependencia e incluso de igualdad (en el sentido de que el ser humano se define en base al conjunto de acciones que realiza), la identidad del protagonista parece ser totalmente aleatoria. El Yo del Hombre Dado es por tanto necesariamente cambiante y moldeable, nunca fijo, pues no se define en base a una determinada esencia sino en base a una o varias acciones que, a su vez, dependen de la decisión aleatoria de un dado. Asimismo, podría decirse que el autor lanza con esto un mensaje individualista y libertario: lo que prima por encima de todo (personas, instituciones, normas sociales) es la libertad del individuo.

 Así, esta novela nos dice: “tú eres quien decides ser, libérate del peso de la identidad fija que limita tus posibilidades de acción y experiencias vitales; pero, cuidado, este ejercicio también tiene su parte de riesgo, pues la infinitud e imprevisibilidad de dichas posibilidades, aunque dependen de ti, provocan un miedo muy fuerte”. La potencialidad que tenemos en nuestras manos de hacer con nuestra vida lo que queramos es, a partes iguales, aterradora y liberadora. Por tanto, a pesar de su tinte nihilista (que se deja entrever en el tipo de acciones que se plantea el protagonista en general y respecto a sus pacientes en particular, así como del discurso que explicita en ocasiones), el libro es esencialmente existencialista. La identidad es vista no como una categoría fija, ni siquiera como la suma de todas las acciones que realiza un individuo a lo largo de su vida, sino como aquello que subyace de cada acción realizada en cada momento de la vida de dicho individuo. Y dado que no se puede hacer ninguna previsión respecto a las acciones del futuro, la identidad únicamente puede definirse en base a lo que se haga en el momento presente: es un constante morir y volver a nacer.

En Vida líquida, otra obra que ha pasado ya a ser clásica (junto a otras del mismo autor con títulos semejantes), encontramos una idea que nos recuerda a esta lógica. En ella, Zygmunt Bauman define la sociedad y la era en la que vivimos como líquida: ésta está caracterizada por una despreocupación por la muerte y la eternidad así como por un culto a lo mundano y al momento presente pero, sobre todo, por estar totalmente basada en un modelo capitalista de mercado y consumo. En este contexto, todo se da en términos de satisfacer necesidades puntuales de forma inmediata y constante, y los objetos de consumo siguen un circuito de usar y tirar que no contempla nada más allá del momento presente:  aparece una necesidad y, seguidamente, un objeto que la satisface; dicho objeto es consumido y la necesidad cubierta, dejando sitio a una nueva necesidad que será cubierta por un nuevo objeto… y así sucesivamente. La sociedad de consumo de la modernidad líquida no implica únicamente una suma de individuos consumidores, sino un modelo consumista y una lógica mercantil que se extiende a todas las áreas de la vida. Esto se comprueba hasta tal punto que, en palabras de Bauman, ya no existen sujetos sino únicamente consumidores.

Más importante aún, en la sociedad moderna líquida nuestra vida es anecdótica: existe una pérdida general de significatividad, relacionada con la ansia por la satisfacción inmediata y la liberación de frustraciones momentáneas (causadas por el ritmo de vida opuesto a nuestras necesidades vitales), así como con el desapego a la realidad material, por encontrarse ésta en un cambio constante. De esta forma, existe un choque entre una aparente satisfacción inmediata (carente, pues, de significatividad y con fecha de caducidad) y una felicidad trabajada y a largo plazo. En palabras de Bauman, esto está en relación con lo que el capitalismo ha hecho del afecto del deseo: dado que los deseos tienen que ser cultivados (pues, por su naturaleza, son en vistas a largo plazo), para el consumismo es necesario que se vuelvan caprichos, es decir, deseos momentáneos que no requieran inversión ni preparación y que tengan fecha de caducidad (para poder dar paso a nuevos cuanto antes). Así, “el arte del marketing está dedicado a impedir que se cierren las opciones y se realicen los deseos […] su horizonte ideal sería lograr que los deseos fueran irrelevantes con respecto a la conducta de los clientes. El mercado no sobreviviría si los consumidores se aferraran a las cosas y, de hecho, recibiría un golpe mortal si el estatus de los individuos les aportara una sensación de seguridad”. Así pues, la modernidad líquida está caracterizada por un desapego generalizado de las emociones, que no tienen tiempo para ser sentidas, examinadas y cuestionadas. El consumismo no es sino una estrategia más para evacuar las emociones negativas (tales como el sufrimiento y las frustraciones) en lugar de atravesarlas. Una de las consecuencias de este desapego es la desaparición de los vínculos sociales y comunitarios, que garantizaban los derechos, deberes y la seguridad de los sujetos, vínculos que han sido reemplazados por una comunidad aparente y un conjunto de redes de conexiones (y desconexiones) fáciles.

Otra de las ideas fundamentales de la obra es la que Bauman denomina “la aporía de la individualidad”: en la vida moderna líquida y todo este contexto que hemos presentado, hay una alta exigencia de desmarcación individual. Esta individualidad es vista como un conjunto de emociones puras e introspectivas, no mancilladas por lo externo (a lo que podemos denominar “la masa” indistinguible), o como una singularidad, un ser auténtico. La aporía se encuentra en el hecho de que, precisamente, ser un yo es únicamente posible a través de los demás, pues en su definición misma está el hecho de “ser único” o “diferente a los demás”. Así, la identidad se crea y reafirma en a través de su interacción constante  con el mundo. Bauman nos dice: “en tanto tarea, la individualidad es el producto final de una transformación social disfrazada de descubrimiento personal”, es decir, se exige del individuo “hacerse a sí mismo” pero únicamente es capaz de lograr este objetivo a través de los demás. Y, de nuevo, la estrategia principal utilizada para la creación de la identidad y la desmarcación como individuo es el consumismo: para que todos seamos individuos todos debemos consumir. Irónicamente, pues, la conformidad se presenta como el mejor amigo de la tarea de la individualización. Asimismo, es tan grande la demanda de esta tarea que, nos dice Bauman, no tenemos tiempo para nada más que la búsqueda de una individualidad esquiva. La conformación de las acciones humanas es ahora un esfuerzo, un problema. Cabe remarcar también que si el consumismo es la vía para alcanzar una identidad propia, hay personas automáticamente descalificadas de la carrera de la individualidad; en la lógica capitalista, tener una identidad es sobre todo un privilegio. 

Respecto a la libertad, Bauman nos dice que su aparente aumento a través de una gama más extensa de opciones es en realidad una apariencia, pues el propio hecho de tomar decisiones no definitivas de forma perpetua se ha vuelto, en sí misma, una obligación imposible de ignorar. Por tanto, parece ser que la posibilidad de “ser quienes queramos ser”, de tener múltiples identidades y desmarcarnos de los demás, no es sinónimo de libertad en la modernidad líquida, pues es una tarea que nos tiene encadenados a los engranajes del modelo de consumo. Así, Bauman estaría en desacuerdo con el Hombre Dado: la construcción de la identidad y la exploración de las aparentemente infinitas posibilidades de acción que se nos presentan no son ejercicios liberadores que nos alejan de categorías y universales fijos, sino simplemente otra muestra de cómo nos condiciona el funcionamiento de la sociedad en la que vivimos.

Pues bien, ¿es la fluidez de la identidad una muestra de su falta de esencia o, al contrario, encontramos precisamente la esencia de la identidad en su fluidez? En esta tesitura, parece que se nos presentan dos opciones: o bien nos adaptamos, por necesidad, a la sociedad líquida y construimos una identidad que fluya a la par que ella; o, al contrario, rechazamos el modelo impuesto y luchamos a contracorriente para producir y mantener una identidad fija según nuestras propias categorías. Tal vez pararse un instante a analizar nuestra relación con el mundo y nosotros mismos sea la clave. 

Tal y como nos lo plantea Donna Haraway en Manifiesto Cíborg, en un mundo en el cual la distinción entre naturaleza y cultura, ser humano y máquina está ya prácticamente desaparecida, ¿tiene sentido aferrarse a categorías fijas de identidad? O, por el contrario, ¿no sería mejor bucear entre las posibilidades infinitas de acción que se nos presentan sin preocuparnos por cómo van a delimitarnos en una determinada identidad dichas acciones? ¿Qué mejor momento para hacer este ejercicio que después de habernos visto obligados a deshacernos de esencialismos identitarios naturalizados que nos oprimían y reconstruir una unidad política común (un “parentesco político”, tal y como lo denomina Haraway)? Ahora que una multiplicidad de voces y de historias se han hecho oír, es prácticamente imposible aferrarnos a las identidades universalizadoras, de hecho, incluso en espacios militantes que necesitan de un sujeto político común la estrategia ha cambiado: se debe crear una conciencia política basada en afinidades en las prácticas y realidades sociales y no en categorías fijas. 

Aunque existen debates en torno a los límites de la diferencia (si se toman en cuenta todas las diferencias, ¿cuál es la esencia de cada una y cómo encontrar puntos en común?), ha quedado claro que la anulación de la misma no es una buena base de la que partir. Una primera intuición nos dice que un punto intermedio podría ser la solución: la construcción libre y responsable de una identidad que conviva con una conciencia radical de la realidad material propia y ajena. Esto nos recuerda a las responsabilidades históricas que reivindica el humanismo existencialista de Sartre, esto es, que en el proceso de conformación del individuo se remarquen los sistemas de opresión existentes en la realidad material.

 Sea como sea, la identidad es un asunto complejo porque la atraviesan los dos ejes contradictorios pero inevitablemente convivientes del ser humano: su sensación de subjetividad y la realidad aparentemente ajena en la que se mueve y que lo condiciona (no sólo respecto a su individualidad sino también a su posición histórico-sociopolítica, lo cual complica aún más las cosas). En este ejercicio confuso que es la existencia, que resulta simultáneamente una actividad y un sometimiento, la reflexión acerca de estos temas nos aporta algo de luz, pues nos hace ver que cuanta más conciencia tengamos acerca de nosotros mismos y de la realidad, más posibilidades vitales se nos presentan, entre las cuales podemos elegir la que mejor nos conviene para pasar nuestro rato en la Tierra.

Bibliografía:

Bauman, Z. (2006): Vida líquida.  Barcelona: Austral.

Haraway, D. (1991): Manifiesto Cíborg

Rhinehart, L. (1971/2019): L’homme-Dé. Bussy-Saint-Martin: Les Éditions Aux Forges de Vulcan.

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