Onírico

Por Lorenzo Lombardo

“Todavía recuerdo el incesante grito de langosta, el cielo retorcido, digna escenografía de un eco de la locura humana. La torre desconocida, las ágoras de mis ideas tratando de reconocer el lugar. Sin embargo, sin quórum aparente, no había ni un atisbo de razón. Como quien diría en criollo: Un auténtico quilombo. Lo único que siempre queda, es esa figura, la melancólica figura. Horrible, no por aspecto, sino por la falta de él. Ese traje gastado, parado ahí inerte, contemplando la nada. Siempre, momentos previos a darse vuelta lentamente, mostrándome esa cara sin rasgos, grasienta y más parecida a un dedo pulgar que a un rostro. Sin ojos, me mira. Sin boca, me solloza. ¿Quién cuida esta torre del infierno?”

-¿Y después se despierta? Acá tenemos mucho para laburar, Atkinson.

-Más o menos sí, usted sabe, Licenciado -Prendí un cigarrillo, vicio que extraño-  Hay veces dónde pienso que toda la parafernalia lisérgica de los 60´ me vino a parar a la cabeza.

El Licenciado Rocallieu era lo que el estereotipo de un psicólogo de la corriente Jungiana quiere ser, un tipo que te pregunta más por tus sueños y la metafísica que por si tu papá te pegaba o eras un tanque atmosférico de abusos sociales.  Salía 1500 pesos por mes y me dejaba más tranquilo que ir a confesarme al cura o al amigo de turno que después fuese a hacer marketing con mis cuentos.

– Yo creo que ahí hay algo de usted en esa figura, dígame loco, pero hay algo de usted- Replicaba siempre el Licenciado.

– ¿Sabe que pasa, Licenciado? Después del divorcio -Tosí- Bueno “El no divorcio”, sumado a la suspensión en la editorial y demás, este sueño sólo comienza a tener más partes -Aspiré una larga medida del cigarrillo- Extraño cuando sólo era hasta el cielo retorcido, sabe usted, es una experiencia que lo deja a uno sudando en frío.

Rocallieu, como todo hombre que presta su oído de Lunes a Viernes y siendo última hora laboral del último mencionado, miraba su reloj haciendo que su movimiento de ojos no tuviera nada que envidiarle al aleteo de un colibrí. Me estaba avisando que estábamos unos segundos ya fuera de su horario de hospitalidad laboral y entrando a la indiferente área de la hostilidad asertiva.

– Mire Atkinson, y con esto me despido -metió sus manos en los bolsillos, ya no había por qué mirar el reloj- Usted tiene un problema con los cierres ¿Me entiende? Deja todo en una especie de Loop eterno, como un disc jockey ¿Me entiende? Usted, primero, nunca llegó a casarse, por lo tanto nunca llegará a divorciarse -suspiró-. Y es normal que le suspendan después de 7 meses sin entregar si quiera un borrador de 30 miserables páginas -se levantó y fue hacía la puerta- ese sueño que no entiende, es su vida, usted es la figura y, sueño o pesadilla, seguirá haciéndose más largo hasta que se haga cargo de sus cosas ¿Me hace un favor? El viernes que viene a la misma hora tráigame escritos 7 deseos que le gustaría concretar y yo personalmente lo ayudo desde ahí.

No hizo falta más que un saludo y ya estaba caminado por las calles, pensando en 7 deseos, que no fuesen 7 futuros miedos. Ahí me remito a la energía estancada y a la sagrada termodinámica: Nada se pierde, todo se transforma

Al llegar a mi departamento, aún recuerdo, obviamente no hice ninguna lista. Seguramente sería una tarea a las corridas de última hora, procrastinar era un deporte digno para mí. Le di rienda suelta a mi sedentarismo y me maté varias neuronas con televisión de cerca de madrugada, comí unas grasientas empanadas  (aquellas que tan coquetas adornan las estaciones de servicio) y se me disparó una idea singular: Fumar  los últimos 5 cigarrillos. Para ello la idea crecía más en su faceta exótica y aventurera, iba a hacerlo no en mi balcón si no en la terraza del departamento, aquella que en mis 3 años de inquilino jamás pisé.

Recuerdo subir los últimos tres escalones como si se tratase de cambiar de mundo. Llegué y, a mis 30 y pico de años, con lo que pude ver tenía una grata panorámica de una Buenos Aires nocturna. Niebla espiral, húmeda. Rezando un padre nuestro por los pobres diablos que trabajan los sábados, ausentes a estas horas para disfrutar este placer mundano de un par de puchos y trasnochar solo. 

De pronto pasa, un resplandor  y un ruido ¿Estoy solo? Sí, no hay nada que ver. Sin mucho cuestionamiento voy con el primer cigarro. El gusto es áspero, el paquete es común, están humedecidos y apretados. Pienso en mi ex, los castillos de arena que se los come el mar del olvido. Pienso en ver una página vacía y querer parpadear con una obra completa. Pienso en cómo el buscador de deseos es quien quema las listas y se auto boicotea. Así va el otro cigarro al hilo, llenando mis pulmones con humo y mi cabeza con ideas a media cocción. ¿Quién quisiera un hada madrina, algo mágico, que le diera todo cumplido? Porque el valor para soñar es casi tan difícil como volar. Por eso no volamos.

Acá es dónde, ya por el tercer cigarro, usted dejará de entender y yo empiezo a “comprender”. Sea precavido, observador, buen lector y evite el destino de su informador. 

El rostro sudado, empanadas grasientas, la indigestión de una mala elección. Quise hacer un punto entre cigarrillos y comencé a mirar más a la nada. Allí ocurre, otro resplandor inerte pero no hay nada, o mejor dicho, nunca llego a darme vuelta para ver qué hay. Quizás algún gato del edificio, un murciélago o algún bicho de ciudad. Sigo mirando, espiralado cielo gris, cielo nocturno. Yo soy tan noche como esta noche misma. Mi traje viejo, mi sudor por una mala comida, tan fuera de tiempo. Pienso en el Licenciado, pienso en mí ¿Por qué necesito que me digan lo evidente? ¿Seré yo algún día mi hada madrina, mi algo mágico que me diera todo cumplido?

Pero no entendemos los cuentos, buscamos cosas de colores y si es gris tratamos de ver magenta. Mentirse por el gusto de que haciéndolo en constancia se vuelva verdad. Pero las soluciones alquímicas están para los que abren bien los ojos a los verdaderos resplandores. Yo por mi cuenta, ya no me podía mover.

Y esos dos últimos cigarrillos, quedaron en el atado sin terminar.

Al principio fue tenso, luego perenne en su tranquilidad. Como quién se adapta a su nueva piel, a sus nuevos sentidos. Estático, inerte, recuerdo que mis primeros intentos fueron ligeros alaridos suaves, como si estuviera hirviéndome dentro de una olla corpórea. Pero ya no había nada. Cuando mis labios se comenzaron a borrar fue más inaudible. Pero perduraba.

No recuerdo ya cuantos resplandores vi. Muchos de ellos imperceptibles, conmigo tratando de hacer cualquier movimiento primitivo que me dejara voltearme para ver. Cuando comenzaron a ser más duraderos, la curiosidad me daba fuerza para mirar. Ya no podía recordar cuando fue de día, que siempre fue noche gris. El frío me empapaba el ahora rostro lampiño.

Pude voltear. Y aunque ya no tenía ojos, me vi.

Ahora me espero a mí, espero que algún día no procrastine más.

¿A cuántos más les tendré que avisar? Seremos la gran familia del olvido.

Seremos.

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