La verdad vs. El entretenimiento

Por Rodrigo Potschka 

“La fotografía es la verdad. Y el cine es la verdad 24 veces por segundo”, filosofó uno de los revolucionarios del cine llamado Jean-Luc Godard. Y tomando esta filosofía personal como una certeza, me arriesgo a cuestionar: ¿Si el cine es la verdad, por qué ha sido relegado por la mentira de las series?¿Que cambió para empujar al espectador promedio a someterse a sí mismo a la dictadura de productos tan vacíos como masivos?

Si partimos de un terreno histórico, el cine siempre ha sido la adicción popular, un arte al que se puede entrar sin ser un erudito ni requerir de un conocimiento previo acerca del artista o de la obra en cuestión. Desde que los hermanos Lumiere dispusieron la primera proyección comercial en el Salon indien du Grand Cafe, el séptimo arte siempre ha estado presente de la mano de la evolución técnica y narrativa. Las masas han seguido al cine a cada paso, lo han acompañado con fidelidad alzándose como el evento popular por excelencia. Esto contrasta directamente con la actualidad de su situación, donde este tanque que un día se creyó eterno pierde la batalla contra unos guerrilleros precariamente armados.

Cuando hablo de cine no me refiero solamente al evento que se lleva a cabo en una sala repleta de espectadores, el cual en el contexto pandémico está dotado de imposibilidad. En este caso hablo de las películas en sí, considerando como ejemplo cualquier producción medianamente seria producida con la intención de ser vista en salas (aunque por cuestiones burocráticas pueda quedar relegada a ser consumida directo del streaming), pudiendo ser desde uno de esos grandes estrenos que llenan los cines por un mes o más, hasta las producciones más independientes que se encuentran al navegar en las aguas de los servidores pirata. Este amplio abanico de consideración se debe a que el lenguaje cinematográfico sigue muchas normas, porque contradictoriamente no obedece a ninguna . Si desearamos definir como es una película estándar no se llegaría a ninguna conclusión, o incluso se podría entablar una discusión interminable que no llegaría a un puerto lógico. Porque justamente de eso se trata el cine: múltiples puertos a los que un barco puede llegar, siempre impulsado por una idea, un sentimiento a transmitir, una lección que enseñar o una experiencia personal que quien conduce este barco cree esencial compartir. Existe el producto artesanal e independiente que se libera de ataduras y se deja ver como el famoso “cine arte”, y está el más comercial, ese que sí persigue pautas bien diseñadas en orden de ganar dinero con la espectacularidad barata   el marketing incansable de las grandes estrellas, aunque también se encuentran ciertos híbridos entre estos dos, los que se adaptan a la demanda de las grandes productoras pero saben mantener la visión del director al punto de que incluso esta relación tóxica llega a ser simbiótica. El núcleo es un viaje no literal que puede abarcar de 100 a 780 minutos, con la intención de que el espectador se lleve un recuerdo imborrable y, al terminar el visionado, algo haya cambiado en él, sea copiar una filosofía de vida hasta sentirse interpelado con un personaje que ha visto crecer frente a sus ojos. Vernos de cara a una comedia incómoda donde un cuarentón asexual es empujado por sus compañeros de trabajo a perder su virginidad simula ser un entretenimiento banal, pero nos muestra las penurias en las que cae el hombre en orden de obedecer a la supuesta virilidad masculina (Virgen a los 40), contemplar el drama que atraviesa una pareja de artistas de cara a un divorcio que en un principio es amistoso y luego escala a una guerra judicial, reflexiona abiertamente sobre la dinamica conyugal frente a los sueños individuales en una relacion (Historia de un matrimonio). El cine es eso, una reflexión disfrazada y constante. La película, por más burda que sea, encuadra una cuestión que abarca un todo y mantiene en vilo hasta que esté completo el visionado. De ahí viene el tan famoso ritual de la película, sulógica invita a sentarse en el sillón familiar para presenciar el evento, a buscar la mayor comodidad en la cama con la notebook, incluso con el teléfono. La comodidad es la norma, porque sabemos que intentaremos no levantarnos por lo que dure, nos entregamos de lleno. 
Si se lo ve más exigentemente, no es un descubrimiento que el cine de hoy en día puede no seguir la misma calidad que supo mantener en su época dorada pero aún mantiene su esencia, incluso su decadencia más pesimista es una opción tan vigente como su opositora, la oferta sigue en pie, solo que la demanda es escasa. 

En la esquina contraria están las series. Nadie necesita hacerles una presentación, hoy en día son un entretenimiento que vence casi todas las brechas generacionales. Existieron desde siempre, aunque no tanto como este snack On Demand que requiere solo sacar nuestro smartphone del bolsillo. Contrariamente, en su génesis las series aún se mantenían como primas cercanas al cine. Se debía esperar una hora y día particular de la semana para ver un capítulo, y cada uno ostentaba una trama autoconclusiva que daba la sensación de un viaje terminado. Había un delgado hilo narrativo que conducía la serie, pero este era intrascendente hasta el final, permitiendo mantener la cuestión episódica lo más individual posible. Se había asistido a una historia con principio, nudo y final, el héroe había completado su aventura y había aprendido algo que por consiguiente llegaba al espectador. Hasta ahí esta estructura no se alejaba tanto de la película, el modismo del evento lo acercaba a la parafernalia que se experimentaba con la película. Pero este formato se vería postergado por una revolución narrativa que las series actuales tomaron como bandera, escudo y emblema: “el cliffhanger”.

El cliffhanger es una herramienta que las emisiones semanales de mayor éxito utilizaban al dejar al protagonista al filo de la muerte, seguidas de un “continuará” que prometía respuestas, generando así una dependencia que el espectador debía esperar una semana para saciar. Luego las series pasarían a beber de éste ya no como un instrumento sino como la base de su estructura. Una de las precursoras más populares fue Lost, serie que se impulsó con el Boom de internet y los blogs. La historia comienza con un avión cayendo en una isla en donde los sobrevivientes se enredaban en un misterio tras otro, buscando respuestas que llegaron con seis temporadas de demora, sentenciando una decepción unánime, porque a eso lleva el cliffhanger, a plantear interrogantes sin medir la respuesta, sólo crear un suspenso que da frutos momentáneos. Y no es un artificio al que las productoras llegaron por  casualidad, la experiencia del cliffhanger es una proyección del llamado efecto Zeigard, el cual explica cómo en el cerebro preponderan las tareas inacabadas, llevando al ser humano a satisfacer la necesidad de finalidad. Con esta tesis probada, el mercado del entretenimiento entendió el verdadero negocio, no se necesitaban historias fuertes que recorrieran coherentemente una temporada, el formato episódico era obsoleto, el negocio estaba en producir que el espectador experimentara la desesperación por poner play al siguiente capítulo, cosa que, gracias a las plataformas que ahora lo hacen de forma automática, ya no es una decisión.

Aggiornadas a los tiempos que corren, las series adoptaron el formato del frenesí maratónico: incontables temporadas de ocho a veintidós capítulos, donde lo único que importa es que el espectador compre un producto que reniega de la sustancia por la longitud, siempre con unos minutos finales que plantean nuevas preguntas o abren nuevas tramas. Es imposible negar que hay ejemplos que no siguen estas normas y se mantienen firmes a los ideales de la buena ficción sin caer en los vicios ya descritos; estos usualmente suelen ir de la mano de creativxs del mundo del cine, directorxs o guionistas que bajan del escalón de la gran pantalla para dotar a la más pequeña de su imaginario en forma de serie limitada. También hay ejemplos de series largas que saben mantener un rumbo fijo con mínimas desviaciones, sea la inoxidable Breaking bad o la contemplativa The leftovers. Pero estas son sólo excepciones, la normativa que llena las plataformas y reina las conversaciones de trabajo y las reuniones de amigxs es la que conduce a la nada. Nos intentan cegar con adolescentes atractivos desplegándose en esporádicas escenas de sexo, con tramas de un suspenso anunciado, incluso se abusa de escenas de acción que no son mas que un despertador para que el espectador no se aburra. La estrategia es llegar a todos, un producto sencillo y de fácil digestión, como un jarabe disfrazado con sabor frutal para que los niños lo beban sin sospechar. Si se trata de ir más allá y ahondar en una narrativa fuera de la norma la serie es rechazada al instante; si el ritmo es pausado entonces es aburrida; si los personajes no son exageradamente oscuros o teatralmente coloridos no llegan a hacerse oír, lo que descarta cualquier intento de innovar porque si la fórmula funciona no hay porqué cambiarla ¿Cuántas personas conocemos que han terminado temporadas completas sin haber disfrutado de lo que vieron? y aún así califican  la serie como “mirable” o “entretenida”. Se embarcan en la siguiente, negándose a admitir que no han sacado nada de esas horas perdidas en la acartonada serie que la plataforma ofrece en su banner principal como el éxito de la semana, y que los portales de internet no tienen el descaro de promover como buena o de calidad, sino que se escudan en vagos y engañosos dialectos: “La serie que todos están viendo” o “La serie que no te podes perder”, la cual será igual a la anterior y la anterior a esa, o que fue “el éxito de Netflix” pero que el mismo Netflix canceló sin dar réplicas.

Pero si hay tantas señales, si se obliga al espectador a mirar productos formuleros que dejan un mal sabor de boca ¿Por qué ya no se vuelve a la película? o, intentando llegar a un punto medio si es que ambos formatos están en decadencia, ¿Por qué no se les da una atención similar? La respuesta a esta adicción moderna es simple: la serie brinda la posibilidad de no pensar. En el contexto que rige la vida moderna, las noticias sobre inseguridad, déficit económicos, injusticias sociales y violencia extrema, dominan gran parte de nuestros pensamientos. Dado esto, parece imposible que después de estar expuestxs al morbo que propician los noticieros y los programas informativos sedientos de rating, después de completar una jornada laboral marcada por la sombra de la inestabilidad, o después de la inmersión en las aguas del zoom universitario, alguien quiera someterse a una película donde deberá suspender todo y poner a trabajar su mente por dos horas más. Ahí yace el eje de la cuestión, ahí es donde la serie gana terreno porque uno puede sumergirse en sus tramas ligeras sin necesidad de comprometerse de lleno, incluso se las puede mirar de reojo, realizando alguna tarea en paralelo. La recapitulación de eventos previos al principio del capítulo de turno es un pacto silencioso en el que ambas partes admiten que lo más seguro es que el espectador no esté siguiendo la historia con mucho cuidado. Esto ocurre porque el espectador no busca complejidad, desprecia una historia sustancial o un personaje inolvidable con el cual revivir cuestiones de las que trata de escapar, porque ese es exactamente el propósito que persigue, obtener una vía de distracción del mundo real, una en la que las reflexiones no sean una obligación y el divertimento descerebrado sea el mejor aliado. La oferta es una respuesta a la demanda, una que viene de la mano de la omnipotencia porque todo puede ser pausado y reanudado sin dificultad y sin ver alterado el ritmo, no hay un respeto por el clima que construye una escena, sólo se respeta la desesperación por no dejar espacios libres porque si éstos aparecen hay que unirse a la realidad, y la ficción siempre fue un mejor lugar en el que estar, mucho más hoy en día.

Aunque lo parezca esto no es un ataque a las series y a sus seguidores, tampoco un ruego por volver al hábito cinéfilo, es más bien un llamado de atención, una reflexión que pide reflexionar, aunque paradójicamente haya dicho que esto es a lo que el espectador promedio escapa. El no pensar es sencillo, el dejarse llevar por producciones que fueron elaboradas en un laboratorio de marketing es tentador y hasta irresistible, el seguir la moda que impone la presión popular y la recomendación de las redes sociales es un camino seguro a ser parte de la charla. Sin embargo, está en nuestras manos saber cuándo obedecer y cuándo poner un alto, saber qué ver y que no, o cuánto ver y cuánto no. Dejarse engañar por las series puede ser un escape necesario, pero no debemos relegarnos al exilio. El cine siempre ha estado y estará, a pesar de ser hoy un segundo plato. Es un poco más exigente en cuanto a su formato, a sus tradiciones y a su efecto, pero es una herramienta necesaria que no debe ser apartada en un rincón. A fin de cuentas, a pesar de que uno ha pasado por encima del otro, éstos aún pueden convivir, o deberían al menos. Si apagamos nuestra mente por un tiempo, seguramente al iniciarla ésta se sentirá renovada y nos permitirá encarar los contratiempos diarios más relajadamente, en cambio si la desconectamos y nos abocamos a trabajar en piloto automático, el daño puede ser irreparable, nos entregaríamos con los brazos abiertos a la docilidad, a lo sencillo y seguiríamos un camino que nos conduce a ningún lugar.

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