Rutinas 

—Ser madre primeriza, nerviosa, obsesivo-compulsiva y con el padre de mi hija ausente, no es nada fácil. Trabajo desde mi casa y, a decir verdad, gano bastante bien. Así, puedo dedicar gran parte de mi tiempo a cuidar a mi retoño. Tiene un año, cuatro meses, veintidós días y doce horas. No, creo que trece.
En definitiva, trato de mantener a raya a mis TOCs para vivir mejor y por eso a veces puedo permitirme perder la cuenta del tiempo, dejar el volumen del televisor en valores impares, o no enloquecer al ver asimetrías. Pero, obviamente, no puedo controlarme del todo: cuando cocino me gusta poner la perilla del gas en una posición específica. Y también tengo la manía de apilar las frutas en su canasta en varias formas, siempre de la manera que tiene que ser: espirales, pirámides o demás figuras.
Como sospecharás, mis “rutinas” abarcan números, mayoritariamente. Uno piensa que todo esto es malo o que no te deja vivir en paz, pero una vez que se logra sincronizar todos tus TOCs y aprovechas que son de un carácter numérico, logras automatizar todas las tareas del hogar. O, al menos, convertirlas en una suerte de sinergia.
Por ejemplo, pongo la perilla del gas en una inclinación que provoca un fuego bajo y, como cronometré varias veces el tiempo que tarda el agua en hervir, puedo irme de la cocina apenas dejo la olla en la hornalla y volver en el preciso instante en que hierve. De esa manera, mientras el agua encuentra su estado de ebullición, acomodo el frutero en el living -que, según las frutas y la forma que quiera, suele ocuparme un par de minutos-.
Luego, reviso las notificaciones de mi celular: no suelo tener más de ocho para el mediodía, aunque los viernes hay un máximo de doce y salgo con mi hija a pasear por el patio de adelante. Desde ya, no puedo evitar los TOCs con ella, así que nos ponemos a contar cosas juntas. Contamos nubes, pajaritos u hormigas, que son nuestras favoritas por lo rápido que se mueven y por las cosas que cargan.
Supuestamente no es muy sano. Por lo que mi hermano, el más comprensivo de la familia, quiere ayudarme desde mi posición: sugiere que acorte los tiempos. Y, cada tanto, me visita y le da a mi hija una interacción menos numérica, lo cual agradezco mucho. Es una gran persona; de hecho, ayer me sugirió que alternara el orden de la rutina, que la mezclara o que la hiciera al revés. Dijo que “desautomatizarme” me pondría los pies sobre la Tierra y me ayudaría a desacostumbrar a tener la cabeza metida en los números.
Me pareció una gran idea. Así que esta mañana, antes de que llegaras, me puse a ordenar la fruta. Me costó bastante porque sentía cierta incomodidad de no estar esperando que el agua hierva. Puse música con buen volumen para inspirarme y armé una pirámide de naranjas y manzanas. Mi hija comenzó a tirarme del pantalón porque tenía hambre, así que la llevé afuera y contamos nubes.
La dejé ahí porque se había quedado distraída con unos pájaros y me puse a hervir el agua. Puse la olla con agua en la hornalla y volví apurada hacia mi hija, que estaba viendo las hormigas mientras les aplaudía, pero cuando estaba por llegar hacia ella escuché a la pirámide de frutas derrumbarse detrás de mí. Volví, las junté y comencé a armar la pirámide de nuevo, pero se derrumbaba: las naranjas rodaban sobre sí y las manzanas no encajaban. Probé un espiral, pero las medidas no me permitían dar con un resultado justo. Forma cuadrada tampoco… ¿Círculo? imposible…
Escuché hervir el agua, pero no podía acomodar las frutas, y saber que el agua ya estaba en ebullición me presionaba más. Volví a intentar la pirámide y no dio resultado. Traté de probar formas geométricas simétricas y tampoco. Probé otra espiral y no. Cuadrado, no. Pirámide tampoco. Triangulo, no. ¿Estrella? no. Di vuelta todo: reemplacé cada fruta hasta que, finalmente, cuando puse la última naranja y el agua hervida ya había evaporado, logré terminar una linda y perfecta pirámide en el frutero. Se sintió bien, como un pacífico silencio después de un ruido estático.
Volví a la cocina, apagué el gas, y salí afuera a buscar a mi hija. Pero donde se suponía que debía estar ella, encontré un enorme bulto repleto de hormigas, siendo arrastrado por otra multitud de éstas. Ahí fue cuando llamé a emergencias y llegaste tú.
El médico, estupefacto, evalúa:
— Pero no tiene sentido… cuando nos llamaste, tu hija… la mitad de su cuerpo ya estaba casi consumido por completo. ¿Por qué no llamaste de inmediato?
— Me distraje contando las hormigas.


@gregoolav

.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: