Mundo Alterno

Avanzo arrastrándome cuando veo caminando al costado de la ruta a un grupo de policías  militarizados. En seguida veo en el tráfico del mediodía camiones y jeep con soldados dentro.  Miraba desde el suelo de la esquina de la casa de mi hermano todo el escenario, maldito presente  que me agarra desprevenido. De repente llega el Colo, con los pantalones de entrenamiento y se  apoya en la esquina. Me levanto, como si ya no hubiese sido necesario seguir escondiéndome. Le  pregunté qué onda, qué hacía, qué estaba esperando y me dijo que estaba esperando al gordo  que estaba saliendo de USMA, que tenían entrenamiento en Huracán, que si quería ir con ellos todo bien, que me prestaban unos cortos y unas zapatillas. De una, respondí y atrás mío apareció Oriolo, que qué hacés acá sinvergüenza, que no me digás que venís con nosotros y el Colo le dice  no te pongás boludo que ahí viene el gordo, y si, era el Gordo, no me acordaba en qué momento  lo conocí, si era de Ferro o de USMA, no me acordaba. Lo único que sabía era que lo conocía al  Gordo.  

Subimos a la Meriva y arrancamos. Clear Urbana llevaba sus contenedores de basura solos, sin  camión, sin conductor, sin nada. Y el Gordo siempre manejó rápido, como con vértigo de  persecución. Yo pensaba que los iba a chocar de frente, o cuando pasamos la curva donde está la  comisaría Mosconi los contenedores no doblarían, o no podrían avanzar después del semáforo porque estaba en rojo. Todas esas cosas pensaba, entre el vértigo de ir esquivando contenedores y  autos y la sorpresa de los contenedores futuristas que llevan la basura donde tengan que llevarla,  que no necesitan conductor ni carrocería que los lleve. ¿Era el futuro que había llegado? ¿Qué  otras cosas tenía que ver? 

Llegamos a la curva del chalet pero no dobló el Gordo. Los chicos gritaron mientras miraban la  curva. Yo la veo también a mi derecha. Miré para el frente y vi una ruta vieja, y ahí me acordé que  había una ruta vieja y nada más que el precipicio y la caída de sesenta, setenta, cien metros quizás,  un poco de cerro hasta llegar a las rocas que orillan el mar. No me había acordado hasta ese  momento que vi el pedazo de ruta vieja. El Gordo terminó diciendo “¡la puta madre!” porque yo  no me acordé.  

El auto siguió su inevitable trayecto hacia el aire, hacia el inevitable y vertiginoso aire. Se sintió un  instante de paz cuando la inercia llevó nuestras cabezas hacia el techo y el auto comenzó a dar  vueltas sobre su propio eje y nunca sentí tanto miedo de morir. Sentí la inevitable sentencia de  muerte bajo mis pies y cuando me abrazó todo el temor que existía en el mundo respiré, me  obligué a respirar mientras dábamos vueltas por el aire y caíamos y grité que va a estar todo bien,  que respiren mierda, respiren, y traté de calmarme y medía cuando iba a hacer el impacto para  poder saltar del auto y cerré los ojos. Y pensé “Mierda, es demasiado para mí, quiero despertar”. 

Y desperté en mi cama completamente agitado. Abracé a mi esposa y le dije cómo casi morí y ella  se rió y me respondió que los sueños nos hacen pegar cada cagazo a veces. Y me levanté a  echarme un meo y a tomar agua caliente con limón. Pero tenía enterrado el vértigo en el pecho,  no podía sacármelo. Así que me senté en la alfombra, cerré mis ojos y respiré. Y respiré de nuevo,  y otra vez y otra vez. E intenté sacarme esta sensación del pecho y cuando pude sacármelo por la  boca abrí los ojos y estaba tirado en el piso. Y vi mis manos que señalaban un pedazo de cuerpo  de no sé quién. Y mis manos estaban lastimadas y me di cuenta que yo estaba lastimado. Traté de  mirar el cielo y darme vuelta me dolió en todo el cuerpo, nunca había sentido tanto dolor. Cuando pude ver el cielo todo el dolor se esfumó. Y respiré y una gaviota pasó planeando justo por  encima de mí. Y sentí paz.  

Y abrí los ojos y el vértigo se había ido. Así descubrí mi muerte. No específicamente mi muerte,  mía en sí. Si no de alguien que se ve igual a mí, piensa igual a mí, tiene los mismos amigos y juega  al mismo deporte que yo. Pero en mi mundo no cuidan al medio ambiente. Y habrá cambiado un  poco la historia para donde hay un parque allá, en ese mundo hay una ruta vieja y un acantilado.  

Nunca en mi vida pensé que vivir en un mundo destructor me iba a salvar la vida.

Por Carlos Lange

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