COVID Y LA DULCE ESPERA

Por Francesca Leotta

La tensión aumenta a medida que pasan los días. Estoy en la dulce espera… de recibir los resultados de un hisopado ajeno que podría definir mi propio estado de salud. La noticia del acuerdo entre Argentina y México me llegó como quien encuentra la última pieza del rompecabezas.

Sintonizo el canal por donde se hace el anuncio. Una vacuna británica, dicen. Encabeza la carrera por la cura la Universidad de Oxford, que logró alcanzar la fase tres, y para su próxima etapa necesita de nuestros genes de ultramar.

No le había contado a nadie que la señora mayor que cuida mi pareja estaba presentando síntomas. Dolor corporal, de cabeza, y malestar general. Luego, fiebre. Enseguida se convirtió en un contacto cercano de riesgo.

Mientras escucho a Alberto Fernández contar que fabricaríamos la materia prima, no puedo evitar sentir un poco de alivio. La conferencia de prensa está adornada por un fondo celeste y blanco, que va a tono con la serenidad que intenta transmitir el presidente. A su izquierda, la Secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, y a su derecha, el Ministro de Salud, Ginés González García. “Argentina unida” insiste el panel por detrás, mientras las notificaciones de noticias en mi celular se disparan.

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Fuente: Televisión Pública Argentina

Estaría disponible para el primer semestre del 2021, señalan. Hago una mueca ante el descubrimiento de que ya no proyecto a largo plazo. La cuarentena me robó la certidumbre del futuro. Lo cierto es que son muchos meses hasta entonces, y la ansiedad se me dispara. Las redes no ayudan: “¡que sí, que la gente joven también muere de covid!”.

El drama es lo mío, por lo que me permito caer en esta vorágine de desolación y preguntarme si lograré sobrevivir tantos meses con el bicho dentro, en el caso de que los resultados confirmen su presencia.

Es que siento que alojar a un virus en mi cuerpo es análogo a un embarazo: lo que al principio es solo una unidad molecular de grasas y azúcares, crece y se reproduce hasta convertirse en un poderoso sistema de genes ajenos, habitando las cadenas de mi ADN. Un bicho-hijo. Un bichijo.

“Al no replicarse en otras células, las vacunas suelen ser más seguras y no producen daños colaterales”, agrega Juan M. Carballeda, investigador del Conicet.

La conferencia continúa y desde el otro lado de la pantalla, noto el sudor detrás de sus tapabocas, al que le tenemos más fe del que deberíamos.

Rebelándose contra la física, el tiempo se me insinúa más lento. A cada rato, reviso si hay llamadas perdidas en mi celular. Los dos días que faltan hasta el informe del resultado se sienten años. Estoy atrapada en un loop de La persistencia de la memoria, pero con música tribal de tambores africanos de fondo y un Salvador Dalí argentino que me ceba mates y me dice que la clave está en no tenerle miedo al bichijo.

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Fuente: Historia-Arte

La intención es producir entre 150 y 250 millones de unidades de la vacuna. La encargada sería la empresa farmacéutica AstraZeneca, en acuerdo con la fundación mexicana Slim (una asociación civil sin fines de lucro que promueve programas de responsabilidad social).

Fantaseo con camiones repletos repartiendo salud en las calles. Lo cierto es que las primeras personas en recibirla serían quienes pertenecen a grupos de riesgo de mayor vulnerabilidad con respecto al resto de la ciudadanía.

Siento miedo, es que soy humana. Es mi primer instinto de supervivencia. Tomo agua, como si acaso su frescura me despejara la mente. No es el caso. Alberto habla desde mi computadora, y me pregunto si les presidentes se permiten sentir miedo. Pienso que sí, que solo así podemos identificar y reducir los riesgos que amenazan nuestro bienestar.

Paralelo a la dulce espera de mi bichijo, me dedico a registrar mis nuevas responsabilidades sociales. Permanecer en casa, lavar mis manos con agua y jabón, usar barbijo para evitar expulsar saliva y declarar mi estado de salud. Entre otras tareas que son parte del conjunto de deberes que tode ciudadane bajo estado de pandemia debería asumir.

Si la vacuna llega tarde para varias personas, y dramatizo que acaso para mí también, ojalá que el porcentaje de gente salvada equipare este desnivel.

Termina el anuncio, desaparece el fondo celeste y blanco junto con sus personajes, Twitter entra en una de sus revoluciones sociodigitales diarias, y me llega ese mensaje.

Posible contagio cercano descartado. No estoy llegando tarde a ningún lado. Claro que un hisopado ajeno negativo no me exime de la posibilidad de mi propio bichijo, pero el número estadístico de posibilidades es ahora un poco menor. Suspiro y el tiempo vuelve a su ritmo normal

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Foto de cottonbro

La realidad es que se estima que, tarde o temprano, al menos el 70% de la población mundial contraerá el virus. Una espera no tan dulce. Decido aferrarme a la sensación de progreso científico y salvación social. Al menos hasta el próximo hisopado.

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