Una Noche Del ’96

Mejor fue la que le pasó al Chino. Escuchá porque no la podés creer, Pedro, fue increíble. Resulta que el Chino cumplía tres meses con Andrea. ¿Te acordás de Andrea no? ¿Te acordás que una vuelta se calentó con el Chueco porque la cargaba con lo de la ropa? Viste que era media Hippie. ¡Qué calentura se agarró esa vuelta! nosotros mucho no la entendíamos y el Chino menos. Bueno recién cumplían tres meses juntos y pintaba a pareja de verdad, decía el Chueco, aunque mucho en común no tenían. A veces el propio Chino se cagaba de risa porque contaba que la mina le hablaba del capitalismo, del sistema y todo el discurso “progre” y él no entendía un carajo. “Sí, tenes razón” decía el cara rota que no sabía quién era el presidente y, si me apuras, ni el año en que vivía. 

El día del aniversario la mina había organizado con un grupo estudiantil de la facultad de derecho, donde estudiaba, una marcha en contra de las privatizaciones. Me acuerdo que el Chino me preguntaba “Che, ¿qué es una privatización?”. Qué hijo de puta. Nunca entendí como se levantó una mina así. Era un “minón” de verdad. Muy culta, inteligente, macanuda, carismática. Hasta de fútbol te hablaba. El ladrón del Chino era de platense pero a la mina le decía que era de San Lorenzo, el club del cual era hincha ella. “Para tener algo en común”, decía cagándose de risa. La mina estaba contenta, si hasta iban a la cancha en el verano. Fijate lo que hizo, traicionar los colores. La mina tenía calle, se notaba en las formas y en cómo se movía. Era de esas que no abundan, con sentido del humor agudo, irónica, sensible a más no poder, algo ambigua en su interior pero una ambigüedad atrapante que domina a cualquiera que no se defienda de su poder. Y un físico con un par de gomas para cuatro. El Chino siempre recalcaba eso. “¿Vieron el caramelo que me estoy comiendo, no?” exclamaba con aires de superioridad. 

El día de la marcha el Chino tenía planeado llevarla a comer a la noche a la parrilla del Gringo Chiesa. Le contaba a Andrea que el Gringo había estado mucho tiempo viviendo en la Unión Soviética, cosa totalmente falsa. El Grindo era de Burzaco y había venido a vivir a Mar del plata hacía dos años, corrido por la malaria. Igualmente me sorprendió que supiera a grandes rasgos qué era la Unión Soviética, aunque estoy seguro que si la mina indagaba un poco para él seguía existiendo. Ni enterado, típico del Chino, que hacía ya casi cinco años los comunistas habían palmado. 

La cosa es que Andrea estaba maravillada con la idea y aceptó seducida por ese romanticismo medio melodramático. Andrea fue clara. A las 21 hs empezaba la marcha desde la municipalidad, yendo por Luro, doblando en la costa, siguiendo hasta Rivadavia, girando en la misma y de ahí derecho hasta Irigoyen, por ésta hasta llegar nuevamente a la municipalidad. 

Andrea calculaba tres horas de “rebelión popular”, cosa que el Chino no estaba dispuesto a soportar. Puso una excusa media extrema y ridícula para no ir que le funcionó. “Mi vieja está jodida de la presión y seguro que la tenemos que internar esta noche”. Andrea comprendió y quiso ayudarlo en lo que necesitara. El Chino dijo que no hacía falta pero que lo iba a tener en cuenta. Se la morfó, se dijo para adentro, zafé. “Te paso a buscar a las doce por la municipalidad” dijo el Chino y ella aceptó sólo con una sonrisa enamorada y los ojos medios brillantes que precedieron al beso que sepultó la conversación. 

“Ni en pedo me comía tres horas de embole con esos Hippies”, decía convencido. Yo siempre dudé de esa extraña relación que tenían, pensaba si en realidad tenían una conexión o si simplemente el Chino estaba caliente con ella. La situación en la cual se conocieron aclaró un poco mi panorama. Me acuerdo que me la contó el día antes del aniversario, por eso me acuerdo tan bien de lo que pasó después. Resulta que el Chino había pegado un laburito ahí en la facultad donde estudiaba la mina. Limpiaba los pisos, era algo temporal que le dejaba un par de pesos, para tener algo aunque sea. 

Una tarde él limpiaba el segundo piso cerca de una cartelera, ella justo salía de una clase. Se cruzaron de frente, se miraron unos instantes y por alguna razón se recordaron. Ella fue a la cartelera y se quedó leyendo un folleto pegado y él bajó la escalera. Me acuerdo que el Chino me dijo “fue la primera persona que me miraba ahí adentro”, como queriéndome decir que ese trabajo, de alguna manera, lo hacía invisible a los ojos de estudiantes y profesores que ambicionaban poder, dinero, “progreso” (¿a costa de qué?), cambiar algo algunos, en fin, lo vieron. Él también la vió a ella. La vio distinta, vio una joya flotando en el mar pero triste. Una tristeza extraña que él no entendía. Tenía belleza, status le sobraba y presencia no le faltaba, entonces al Chino no le cerraban los números por ningún lado. Fue entonces que al momento de bajar al primer piso decidió volver. Subió las escaleras y se mandó directo a la cartelera donde estaba Andrea concentrada, sola. “No sabía qué carajo decirle”, me contaba. Imaginate, el Chino hablándole a una estudiante de derecho con delirios de revolución, imposible. “Pero algo tenía que hacer” decía. Sin dudas la mina lo movilizó de una forma especial y sentía las ganas irrefrenables de hacer algo. Lo único que se le ocurrió fue pedirle permiso para barrer el piso. Ella se movió y le sonrió. Esa fue la segunda mirada. Al otro día se la cruzó y ella avanzó. Le preguntó su nombre y el animal le dijo: “chino”. Ella dijo Andrea y recordó la situación del día anterior, como queriendo hacer hincapié en el juego de miradas que habían tenido. 

Una semana. Si, una semana bastó para que el zaparrastroso del Chino la invitara a salir. “Durante esa semana hablábamos todos los días pero cosas pelotudas” recordaba. Hasta que un día él tomó el toro por las astas y cocinó la salida. Ella aceptó sin dudar y a los pocos días se pusieron de novios. 

Pasó a ser el ganador del grupo, ¿te acordás Pedro?. Me acuerdo que todos los días lo llamábamos con el Chueco para que nos contara de la mina. Se hacía el duro, el indiferente, pero nos contaba. Estaba en otro planeta, como decía el Chueco. Más allá de que él se hacía ver como en otra sintonía, como más allá del bien y el mal, yo sabía que de verdad estaba en problemas. Ya te digo que el Chino es un bruto. No exagero, vos lo sabes. Apenas sabe leer y escribir, no te jodo. No tiene gustos musicales ni le gusta el cine o el teatro como a la mina, obvio que leer tampoco y de política mejor ni hablar. Si hasta tocó el redoblante para el acto de campaña presidencial de Menem hacía siete años. Un desastre. “Así es el amor” decía el Chueco. Amor las pelotas, decía yo, o acaso me vas a decir que van a vivir mirándose a los ojos como dos tarados toda la vida, en algún momento tienen que hablar de algo, relacionarse, compartir algo, un momento. Hacer algo juntos como pareja. Lo único que supongo hacían bien juntos era coger. El Chino no dejaba de contar lo leona que era en la cama, se llenaba la boca hablando de cada detalle de su feminidad, se compenetraba de una forma impresionante, como el arqueólogo que encuentra un nuevo fósil y lo investiga minuciosamente. Nos contaba de la pulserita que tenía en el tobillo, de las cosquillas que tiene por debajo de su hombro, de los lunares de la espalda. No paraba, así te puedo nombrar miles. A veces lo cortábamos nosotros como pidiéndole la hora al referí, sabiéndonos inferiores. Como admitiendo que no teníamos esa suerte. Por supuesto entre nosotros decíamos lo que cualquiera diría. “Son rachas” decía yo y bueno, algo de cierto debe haber. 

Así como te lo cuento fue y el hijo de puta resistió tres meses, era increíble. Justo para esa noche del aniversario fue que el Gringo le dijo de ir a su parrilla porque había un descuento en la carne y la bebida. Obvio que eso no se lo dijo a Andrea. Le mandó el chamuyo ese de la Unión Soviética, camuflando que prácticamente iban a comer de garrón a la parrilla de un ex pirata del asfalto de Burzaco. 

A las 21 hs ella estaba haciendo “su” revolución. Él impaciente en su casa, contando los minutos. A las 22, comido por la ansiedad, salió a hacer tiempo y de paso despacito ir encarando para la municipalidad.

Estaba arreglado hasta el mínimo detalle. ¡Se lustró las zapatillas! ¿Podés creerlo?. El Chino que no sabía lo que era un jabón se lustró las zapatillas. Encima las zapatillas, ni siquiera los zapatos. La cosa fue que caminando paró en la pizzería esa que está en Independencia y San Martín, “La mini”. Se pidió dos porciones de muzzarella, tenía hambre. Caminar le abrió el apetito perdido anteriormente por la ansiedad. Se prometió no comer mucho para guardarse para la parrilla. Se sentó en esos bancos largos a deglutir las porciones con una botella de gaseosa y de fondo se escuchaba un tango, miró a los costados y un puñado reducido de personas lo rodeaban, con mucho apetito, devorando la mozzarella de una forma animal. Esos lugares eran típicos del Chino. Para él era como para mí fumarme un pucho. Lo relaja. Me contaba siempre de sus escapadas a las pizzerías al paso como esa, para comer y pensar distendidamente entre una pequeña multitud. Parece contradictorio pero es verdad que en ese tipo de lugares uno está sólo, está apartado del mundo por unos minutos. Cada persona en su porción, en su interior, disfrutando del sabor de la mozzarella como un remedio para el hastío de la rutina diaria. A veces se chocan las manos de la gente tirando sus servilletas en el cesto amplio del mostrador pero no se dice nada, todo sigue calmo. No hacen falta las frases de compromiso, los modismos pelotudos, las muecas mediocres. 

A todo esto el Chino miró el reloj y eran las 23. No tuvo apuro en terminar de comer porque se encontraba relativamente cerca del lugar de encuentro. Se tomó diez minutos, que fueron siete para dejar la pizzería. 

Con tiempo en el bolsillo tuvo una revelación, comprarle algo como obsequio. Pensó en un osito, pero miró su billetera y no le daban los cálculos. Estaba en una disyuntiva parado en la esquina de San Martín. Tenía que ser algo original pero barato. Algo simpático, agradable, ingenioso, romántico. Volvió a repetir, romántico. ¿Pero qué sabía el Chino de romanticismo? Nada. Ni estando enamorado se le prendía el foquito, era un corcho. Un corcho especial, porque de alguna manera te llegaba. Bueno, tierno si querés y no me digas trolo, lo estoy diciendo como algo que supongo pensaría una mujer. El no podía resolver el drama del regalo, entonces ¿Qué hizo? Lo llamó al Chueco. Se fue a una cabina pública a unas pocas cuadras de la municipalidad. Puso la moneda y marcó impaciente, nervioso de vuelta. Tuvo suerte de encontrar al “chueco” despierto en la casa. En esa época trabajaba de sereno en un hotel y los días libres generalmente a esa hora estaba dormido. Le explicó la situación algo apurado, como buscando soluciones rápidas y contundentes. El Chueco se reía y lo cargaba, imaginate. Igualmente lo ayudó, le aconsejó que vaya a una florería que estaba toda la noche abierta y unas rosas de no sé dónde mierda de Europa medias baratas y originales. La florería estaba a la vuelta de la municipalidad, al lado de una funeraria. Eso explicaba en parte lo del horario corrido. Colgó y salió disparado. No tardó mucho en llegar. En la puerta había un cartelito que decía “abierto toda la noche”. Al entrar, flores por todas partes hacían angosto el largo pasillo que conducía a la caja. El Chino fue directo al fondo a preguntar por las rosas que le recomendó el Chueco y al llegar una anciana con lentes negros lo saludó cordialmente. El animal le pidió las rosas antes de decir “hola”. La mujer sin ofuscarse por la mala educación del Chino fue hacia el interior del local en busca de las rosas y al pararse dejó ver un bastón finito que simplificó la escena. La ceguera de la señora no le impidió encontrar las rosas con rapidez y naturalidad. El Chino las tomó y vió que la calidad era mucho más de lo que él esperaba. Se puso a pensar rápidamente si lo que le dijo el Chueco sería cierto y en verdad serían baratas. De todas formas estaba jugado, la hora no lo ayudaba mucho, dónde iba a conseguir otra florería abierta a esas horas. Preguntó el precio y la anciana hizo memoria tardando en contestar, como buscando la respuesta en su cabeza. Luego de configurar las palabras soltó un “cincuenta pesos”, con voz algo cansada. El Chino puteó por dentro y buscó alternativas pero no encontró ninguna. Metió su mano en la billetera y lo observó. Ahí estaba, sólo, un Mitre salvador que le daba un poco más de margen para estirar la noche, un par de piernas de transporte o un lujito mínimo más para chamuyar a Andrea y robarle esa sonrisa que tanto lo emborrachaba. 

La vieja confiada agarró el billete y ni se mosqueó, muzzarella. Y claro, muchos elementos no tenía. El chanta del Chino hasta eso tiene, ¿o miento? Siempre cae parado, le salen bien esas cosas que a otros nos cuesta un huevo, ya sea por mala suerte o falta de maña. Juega con la suerte como el chico que cambia figuritas en el colegio. 

Ya con las rosas en su poder salió de la florería algo aliviado. De lejos miró el reloj de la municipalidad y eran las 23.20hs, tenía unos minutitos para terminar de planear los últimos detalles del encuentro pero no aguantó la ansiedad y encaró de una para la esquina del encuentro. Al llegar le llamó la atención el camión de policía que en su interior albergaba a no menos de diez milicos armados. De repente se escuchó el ruido de otro camión, miró y era uno mucho más grande que el que estaba parado en la esquina, también cargado de milicos armados hasta los dientes. El Chino se sentó en un banco a esperar a Andrea. El clima era cálido, no hacía frío para nada, cosa rara para una noche de julio. Se distrajo mirando el cielo despejado. Se dijo para sus adentros “qué suerte que tengo”, es que la noche era hermosa y la mina que tendría a su lado no se quedaba atrás. Una especial felicidad lo inundó por unos instantes, como sabiéndose realizado. Cuando retomó la vista en la calle divisó a una multitud acercándose a él. Unas 300 personas jóvenes cantando esas canciones de zurdos, eufóricos, como si estuvieran en la cancha, viste. Al ratito la municipalidad estaba llena de gente y él se encontró rodeado de esa multitud, solo. Se paró del banco y empezó a buscarla. Fue para un lado, fue para el otro pero no la veía. Tampoco podía gritar porque ya lo estaban haciendo y fuerte esos pibes. De repente a lo lejos uno de los Hippies, como una contradicción a toda su forma de vivir, le tiró una piedra a los policías del camión grande, acusando a los del otro de llevarse gente presa. El Chino miró y efectivamente se estaban llevando gente pero al fijar la vista con precisión se daría cuenta que una de las manifestantes que los policías se llevaban era ella, sí, Andrea. 

Estaba siendo apresada a los golpes. El Chino le gritó pero era inútil. A esa altura los gases lacrimógenos no paraban de ser disparados por las “tortugas ninjas” que tenemos de policías. Sin pensarlo avanzó a los tropezones llevándose puesto a todos. Una vez al lado del camión gritó su nombre cerca de uno de los milicos que golpeaba a un “Hippie revolucionario”. El milico aturdido por el grito dejó al Hippie suelto, lo miró al Chino con desprecio y de buenas a primeras lo convirtió en el chivo expiatorio de todas sus amarguras. Le pegó un palazo de novela en la cabeza, para todo el campeonato. Me decía que le sangraba a chorros ¿Y el hijo de puta sabes lo que hizo? Le salpicaba la sangre en la cara al milico mientras lo metían adentro. 

Por Marco Aurelio Maldonado

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