¿Mujeres en espera? entre mandatos y deseos

Por Silvana Moreno

En un  mundo cambiante y cambiado, ningún género, ningún ser humano ha permanecido ajeno a cualquier tipo de interpelación. Y la más reciente situación límite (Covid) nos ha permitido visibilizar aquellas grietas y espacios en desuso por quienes eran sus habitantes.

Empecemos a visibilizar esos espacios. Escogemos la figura femenina. Y para pensarla jugaremos con la lógica de lo esperado y lo inesperado.

De la mujer era esperable que fuera decorosa, amable y  romántica en sus relaciones. Cuidadosa en sus vínculos con los hombres. Desposada a una determinada edad. Laboriosa en los quehaceres domésticos. Una excelente madre abocada a su casa como casi único lugar de realización.  Podríamos seguir recogiendo aquellos supuestos que han sustentando las prácticas sociales hasta nuestras épocas. Pero es interesante pensar por qué esos espacios se han ido cuestionando. Por qué las mujeres han sido por años silenciadas en sus verdaderos intereses y deseos. Y esos silencios por años han sido el motivo de secretos, de infelicidad y de infidelidad a la propia persona, a sus propios deseos. Hoy podemos con libertad permitirnos habilitar aquellas preguntas que ponen en jaque la sostenibilidad de esas prácticas, por ejemplo:

¿Qué es comportarse como mujer? ¿Un hombre es el fin último de toda mujer? ¿El casamiento qué representa en la vida? ¿Qué pasa si la casa, el hogar, no es un lugar de realización? ¿Y si una mujer decide no ser madre? La lista podría continuar. Lo importante aquí es despojarse de la culpa que por años y que aún se sigue sintiendo, aunque con menor intensidad, ha condenado a muchas mujeres. ¿Cuántas mujeres conocemos que no se han animado a seguir sus sueños por el qué dirán. ¿Cuántas mujeres han silenciado sus voces porque no eran las esperadas. ¿Cuántas mujeres se condenaron a vivir en secreto sus relaciones por temor a la condena social?. ¿Cuántas mujeres aún hoy permanecen al lado de hombres que no aman?

Habilitar la pregunta, lleva a visibilizar los supuestos que rigen las conductas en ciertos momentos socio-históricos. Y, lejos de pretender una victimización de las mujeres, busco devolvernos la responsabilidad de elegirnos sin culpa. Busco devolvernos la libertad que nos han quitado y significó nuestro secuestro existencial. Busco devolvernos el brillo en los ojos cuando miramos a quienes realmente amamos  y deseamos. Busco cambiar el discurso castrador que aniquila otras miradas diversas.

Estamos frente a tiempos de cambios. Y el cambio es la oportunidad de pensarnos como mujeres reales con defectos y virtudes. Temporales, finitas en el tiempo pero con el valor de  dejar huellas para el colectivo de mujeres que vendrán. Somos nosotras las que tenemos la oportunidad de constituirnos en mujeres empoderadas. En todas sus facetas: madre, amiga, compañera, esposa, líder… no importa lo que hagamos sino lo que hacemos de ahora en más con aquello que otros hicieron de nosotras. O seguimos repitiendo una historia de hipocresías o nos elegimos en lo que nos apasiona y lo lideramos hasta el final. De lo contrario estaríamos repitiendo la misma historia enajenante  a la que fuimos sometidas, reproduciendo la herida que el patriarcado ha producido en las mujeres. Hoy de cara a este siglo XXI, las mujeres tenemos la misión de sanar esas heridas y de mostrar libremente que ya vivimos sin esperar que esperen algo de nosotras. Porque ser impredecible es lo que nos devolverá la humanidad perdida.

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