Grito

Por Tamara Medina

“Mi papá le pegó a mi mamá”. Eso le conté a una amiga de la primaria al año de haber visto una violencia de la que no había sido consciente hasta ese día. Tenía 11 años. Había dejado de peinarme y mis maestras preguntaban si pasaba algo en casa que podía estar haciendo que yo estuviera mal. Nadie hablaba. Se lo conté a mi amiga y no me dijo nada. Hoy creo que ella también vivía una situación así y teníamos que callar, yo tampoco debía hablar de eso.

Muchos años después, ya adolescente, discutía mucho con ese papá que le había pegado a mi mamá. Yo la quería cuidar. Él seguía viviendo con nosotros, y seguía habiendo violencia, no tanto física, pero de todas las demás posibles. Yo lo enfrentaba pero le tenía terror. Lo enfrentaba pero no me escuchaban. Así crecí, pensando que aunque pelee hay cosas que no cambian.

Un día mi mamá lo terminó de echar de la casa. Por meses tuve pesadillas dónde él la mataba y me perseguía a mí después para matarme también. Me despertaba agitada y llorando. Un día dije “basta” y dejé de hablar con él. Ya no tenía un papá por más que estuviera vivo. Y sentí una paz y una libertad que jamás había experimentado. Me sentía plena, me divertía, viajaba con mis amigues, estudiaba lo que me gustaba, empecé a trabajar.. Estaba conquistando todo. Hasta que me puse de novia. Me puse de novia con un chico que jamás me pegaría ni me gritaría pero de a poco fui dejando de tener registro de mis cosas. De a poco me fui amoldando a sus gustos y sus necesidades. Recuerdo una vez que le pedí que tuviéramos relaciones sexuales más activas y él me dijo: “Es que a vos te amo, no puedo tratarte como una puta.” Y yo pensé: “Ay qué romántico, me ama tanto…” Y no hablé más de mi deseo sexual insatisfecho. Dejé de viajar con mis amigues también, dejé de estudiar cosas que me gustaban, me dejé estar físicamente también. Sólo comíamos. A él le gustaba comer. Hacíamos todo juntos y a la vez no hacíamos nada. Dejé de tener paz y libertad. Cuando hacía algo que no le gustaba me aplicaba la ley de hielo. Me ignoraba días y, para “no pelear”, dejé de hacer las cosas que le molestaban. Me sentía infeliz y vacía. Intenté separarme muchas veces pero siempre terminábamos volviendo. No podía dejar de pensar “quién me iba a querer ahora?”, que estaba gorda, sin proyectos e infeliz. 

El último año que estuvimos juntos fue la primera marcha de Ni una menos. Pasé por el Congreso porque era cerca del trabajo y cuando llegué y vi a esas mujeres, sentí un nudo en la garganta y en el pecho, y me fui. Llegué a casa enojada por no haberme quedado. Algo me hizo click. Era infeliz pero estaba viva, no? Algo tenía que hacer. 

Empecé terapia y encontré un montón de patrones sobre esto que escribo… Abandoné lo que me gustaba hacer, permití que me alejaran de lo que me hacía feliz y de quienes me hacían feliz. Y me enojé conmigo. Cómo pude ser tan estúpida en dejar que un hombre me domine? Mientras pasaba esto, el movimiento feminista empezó a explotar. Después de la primera marcha me dije “no voy a volver a irme”. Volví a la siguiente, con amigas, y no falté a ninguna más. Me acuerdo que en alguna de esas primeras marchas, íbamos al lado de una bandera llena de caras y nombres de mujeres que ya no están, porque las mataron por ser mujeres. Mis amigas y yo estábamos llorando en silencio, pero presentes. 

En ese tiempo empecé a escuchar historias de otras mujeres, que también habían vivido violencia, y otras que también se habían abandonado. Empezamos a encontrar puntos en común. Entendimos que eso es el Patriarcado. El que nos educó para callarnos, para someternos, para ser en función de un varón que nos va a “completar”. Nos enseñaron que las mujeres felices son flacas, blancas, de estatura media y están para servir y ser usadas, para casarse y tener hijos. Nos educaron para no romper las pelotas. Para no molestar con nuestro deseo. Nos educaron para ser víctimas. 

Empecé a leer a Simone de Beauvoir, a Virginia Woolf, a Judith Butler. Empecé a entender que yo no era una estúpida por haber estado en una relación pasivo-agresiva, de absoluta desigualdad. Entendí que mi deseo jamás había formado parte de una posibilidad consciente porque no me educaron para eso. Entendí que no ser hegemónica no me hacía merecer menos cosas. Y a medida que yo iba comprendiendo esto, las marchas seguían realizándose y cada vez éramos más mujeres y personas en situaciones de vulnerabilidad enojades por el lugar de mierda donde estábamos posicionades sin haberlo elegido. 

El feminismo nos devolvió la voz. Me devolvió el poder. Dejé de enojarme conmigo por sentirme mal por ser como soy, dejé de sentir que era una idiota por no levantar mi voz. Yo no tenía una voz. El feminismo me despertó. Y hoy grito. Y grito con mis amigas, y con miles de mujeres que están despertando conmigo.

Grito por mi mamá.

Grito por todas las que no están.

Grito por las que siguen sufriendo violencias.

Grito por las que denuncian y no son escuchadas.

Grito por las que son forzadas a partir.

Grito Aborto legal ya!

Grito para que haya una ESI en todas las escuelas que les de herramientas a les pibes para elegir.

Grito por nuestros derechos vulnerados históricamente.

Grito con todas mis fuerzas, para que no haya Ni una menos.

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