Confesar(se)

Por Francesca Leotta

Nunca cae bien el verbo confesar. Evoca a lo religioso. A mí me encanta. Confesar los pecados. Usarlo se siente un poco como hacerle burla a ese concepto.

En mi vida me obligaron a confesarme al menos dos veces. Iba a un grupo de Guías Scouts muy religioso. Nos hacían tomar clases de catequesis, ir a misa, tragar la hostia, y confesarnos. Le huía a este momento lo más que podía.

Todo empezaba con una estructura de madera, adentro había un cubículo en dónde yo tenía que sentarme. Todo embarnizado y pintado de un color marrón tan oscuro como el concepto mismo de niñas en una iglesia. Le llamaban Confesionario.

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Por Tute

De costado al asiento, había una pequeña ventana con rejas de madera. No hay mejor símbolo de censura que unas rejas.

No se veía el rostro de quién estaba del otro lado, donde había un cura, un padre, o lo que sea. No sé la diferencia. Será cura/padre/lo que sea.

Y entonces, hablabas. Hablabas y del otro lado escuchaban. Creo (quién sabe, a lo mejor no). Entonces, la idea era confesar mis pecados. Todos ellos. Todos los que había realizado en mi corta vida, o al menos en la última semana.

—Quiero confesar… —titubeaba, con más miedo que alivio.

—Te escucho — decía la voz gruesa del otro lado, solemne y adulta.

¿Qué pecados podía tener una niña de 11 años?

En mi mente: romper mi himen con la pierna de una muñeca Barbie, mi primer orgasmo masturbándome frente al espejo de mi pieza rosa, todas las páginas porno en mi historial de navegación, que me gustaran mis compañeritas Scout.

Lo que en realidad terminó saliendo de mi boca: a veces le miento a mi mamá.

Recuerdo una frase de absolución de mis pecados y que ya podía irme. Salía, dejando atrás la oscuridad del cubículo. Me encandilaba la luz que entraba por los vitrales coloridos de la iglesia, que representaban la secuencia del via crusis de jesú.

En realidad, nadie decía la verdad en el lugar donde se esperaba que lo hicieras.

Lo sabía porque, por la noche, cuando cotilleábamos entre nosotras, alguna siempre terminaba preguntando qué habíamos dicho, y si habíamos sido honestas. En nuestras caras se asomaba una mezcla de humillación con picardía. Así son les niñes. Así era yo.

Si hoy, con 23 años, me tocara sentarme frente a ese cura/padre/loquesea, le confesaría que pequé por todas y cada una de las veces que dije que creía en diosito. Solo quería comerme la hostia. Deseo que se repetiría toda mi vida por cada hostia que quise comerme.

Si tengo que seguir siendo honesta, le diría que pequé por no ser honesta conmigo misma durante tantos años, que pequé por ceder al deseo de otres, que pequé por no reconocerme individuo con sueños y ambiciones personales. Esto ya desde una perspectiva de una persona que hizo terapia por mucho tiempo.

Me agrada usar términos religiosos para acudir a la salud mental, se genera una contradicción interna que me revuelve el estómago.

A pesar de todo, la oscuridad sigue siendo para mí un momento de autenticidad. Muchas veces soy más yo de noche, que de día. No es que no disfrute la luz del sol, sí lo hago. Pero la noche tiene ese nosequé, que no se consigue en otro lado.

Justamente, por tener ese carácter de adimensionalidad, en la penumbra hasta la más pequeña de las ideas se convierte en realidad. Hay un susurro que aparece casi tan inmediatamente como la luz desaparece al bajar el interruptor. Susurro confesional. A lo oscuro todo fluye, todo sale, todo se confiesa.

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