Todos los días

Por Fernando Anton

Todos los días los perros pasan por la puerta. Son varios, de razas diferentes. A veces cuatro o cinco, pero ha contado hasta veinte. Los ve mientras escribe, buscando la claridad que entra por la ventana. Siempre se preguntó adónde van y de dónde vienen esos perros. No es que la pregunta sea una reflexión rebuscada, es simplemente una observación: vive solo en una casa cerca del mar. No hay otras casas cerca, no hay turistas.

Hace unos años compró la casa para buscar un lugar alejado donde pasar los días en los que prefería estar solo, alejado de alguna de las cosas que lo molestaban. Una vez por año se tomaba una licencia de sus actividades, cargaba la camioneta de las cosas necesarias para la estadía en la costa y emprendía el viaje. Eran nueve horas de ruta, algunas de camino de montaña. El lugar parecía alejado del paso del tiempo, perdido entre siglos olvidados que algún dios nunca recordó luego de la creación. La casa era vieja, de piedra y sin divisiones. Le habían dicho que era una vieja posta al costado de un viejo camino. ¿Adónde iba ese camino? ¿De dónde venía? No parecía tener sentido que allí hubiera una posada para el descanso del viajante.

Cocinaba y se calentaba con una cocina a leña. La mayor parte del día escribía manuscritos que corregiría en su computadora en la ciudad, luego los vendía y con eso cubría algo de sus gastos. Tenía algunos ahorros y ciertas ventajas familiares, aunque estaba distanciado de su familia. Cada día veía pasar a los perros que se detenían frente al portón de hierro de esa casa perdida entre las montañas y el mar. Los podía ver acercarse por el camino que llegaba a la casa, y luego de esperar, seguían bajando a la playa por un costado. El camino hacía una especie de curva, ya con el pasto crecido por no transitar. Nunca vio a los perros volver.

Decidió seguirlos para ver si compartía la playa con alguien que alimentaba a los perros. Abrigado para enfrentarse al viento helado del mar, bajó hacia la costa siguiendo las huellas en la arena casi negra que pisaban los perros. Cada vez la playa se hacía más angosta, y terminaba en una formación de piedras horadadas por el mar que se conocía como la catedral. Formaban parte de un conjunto rocoso de poca altura que terminaba en la playa de forma puntiaguda. Algunas estaban ahuecadas y tomaban la forma de arcos. No vio a los perros, pero sus huellas se adentraban en la estructura. Entró, quizás no lo haya pensado bien pero tampoco tenía razones para tener miedo o pensar que no estaba solo. 

Luego de mirar y no encontrar a los perros, pasó por debajo de los arcos y estuvo un tiempo contemplando el mar. Movía los dedos guardados dentro del abrigo mientras su respiración se volvía una con el ritmo de oleaje. El mar estaba oscuro y embravecido, cubierto de nubes que pasaban rápido por encima de él. Decidió volver y dejar de lado lo sucedido con los perros. Hay cosas que mejor no saber, pensó. 

Al otro día los perros volvieron a pasar, se detuvieron en la entrada como hacían siempre. No pudo hacer otra cosa más respirar aliviado, con un sentimiento que no pudo identificar y que nunca más tendría. Quizás era la sensación de que todo estaba en su lugar. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: