R. y G.

Hace un año en Reno, Nevada

“Extraño a Dora y a los nenes. Esto es un circo, viejo. Alrededor del ring hay mesas con faisanes, champagne, putas hermosas vestidas de gala, millonarios con guardaespaldas, camareras prácticamente en bolas sirviendo. Risotadas. Todo el mundo fuma habanos o cigarrillos o marihuana. Es una cagada, un desastre. ¿Quién puede pelear así? Ah, te tiran comida al ring si algo de lo que estás haciendo no les gusta. Pan y circo, viejo. Yo aquí no peleo más.” Esas palabras fueron dichas al amigo que oía del otro lado del teléfono. Estaba harto, pero no podía volver, y eso lo enfurecía todavía más. Sally, la esposa de Joe, le caía bien. Había dado la cara por él en un intento por calmar la furia de su marido, consiguiéndolo. Pero era consciente que eso era pan para hoy y hambre para mañana. Una noche, el champagne que servían en el cabaret le aflojó la lengua. Y Joe le advirtió que no regresara por ahí. Pero a la mañana siguiente, cuando llegó al tráiler donde vivía y, al encontrar una mancha negra en el piso, correspondiente a los restos de su pasaporte con el que pensaba volver a la Argentina esa misma noche -la del 22 de Mayo-, decidió encarar raudo para el Mustang Ranch. Brymer, uno de los monos que cuidaban a Joe, usaba el pelo largo atado de manera tirante. Tenía desprendida la retina de su ojo derecho. Conocía un par de cárceles por tenencia de narcóticos, daños y amenazas a una ex pareja, y siempre andaba armado. Esa mañana de nubes grises, cada vez más claras, una escopeta Remington posaba sobre sus rodillas con ganas de cantar, cosa que finalmente hizo, sobre el pecho del robusto boxeador. Ringo cayó pesadamente sobre la vereda. No llegó con vida al hospital.

Hace un año en Johannesburgo

42 mil almas oficiaron de testigo aquella tarde sudafricana. Señores vestidos con esmoquin luciendo sus bigotes prolijamente peinados, mujeres de largo exhibiendo sus producidas cabelleras. Hablando animadamente, bebiendo algo de alcohol, algunos riendo a los gritos, otros murmurando cerca de los oídos. Y todos expectantes. El “Ladies and gentlemen…” retumbó con una sonoridad amenazadora en las cuatro paredes del inmenso lugar. El presentador vociferó el nombre del estadounidense y luego el del argentino. Los dos entraron encapuchados con sus colaboradores caminado detrás. Una vez arriba y ya cumplido el protocolo habitual, sonó la primera campana. La pelea comenzó sin demasiados sobresaltos: cross de derecha, bloqueo, gancho a las costillas con la zurda, bloqueo, bloqueo, gancho de derecha, cross que no encuentra su destino, campana y cada uno a su rincón. Otra vez lo mismo en el segundo: un par de golpes por aquí y por allá, algunos con mejor resultado que otros, la campana que vuelve a sonar, y los peleadores que vuelven con sus entrenadores. El quiebre se produjo en el tercer round, cuando Víctor recibió el golpe en el ojo derecho y sintió la sangre caliente bañándole ese costado del rostro. Segundos después, ya en su rincón sentado sobre el banquito, dijo: “No veo nada, Tito. ¿Estás loco? De acá me bajan muerto. Ajustame los guantes.” Y así se puso de pie, con hidalguía, con todo su orgullo puesto en sus puños que siguieron chocando y moliendo la carne de su oponente al tiempo que teñía de rojo el suelo del ring y la camisa del referí con la que se limpiaba aquél torrente tibio y perseverante. Los espectadores que no taparon sus ojos con las palmas de las manos, miraron con espanto y con asombro en partes iguales al argentino con la cara deshecha ganando por nocaut en el decimoquinto y último round. Fueron momentos plagados de euforia y alegría. Víctor seguía siendo el campeón. Así lo llamaban. “Felicitaciones campeón. Sabía que ganarías campeón.” Fue allí, camino a su vestuario que miró a esos amigos de su condición de victorioso y recordó la frase de su amigo: “Cuando suena la campana, te sacan el banquito y te quedas solo”. Cuánta razón tiene, pensó para adentro. Al atravesar la puerta recibió la noticia: “mataron a Ringo hoy temprano”. No recordaba haber sentido un dolor semejante. Ya la sangre fue olvidada, así como los golpes de Richie Kates que dieron contra su estructura. Era otro el motivo por el que se encontraba con la cabeza entre sus rodillas, sollozando con el cielo sudafricano cerniéndose sobre su figura.

Hace un año en Buenos Aires

Más de 100.000 personas desoyeron el estado de sitio haciéndose presentes en el Luna Park para despedirlo. Sus pieles adoptaron el brillo propio que otorga la lluvia cayendo lentamente. Desde las ventanas se corea su nombre, los caminantes se suman al canto y aplauden con estridencia. Algunos indiferentes se levantan de la siesta sin saber la hora, creyendo que ya se hizo el día siguiente. Víctor llega al velorio y se clava junto al cajón. Rescata la imagen de su sonrisa de las garras de la tristeza, escucha en su cabeza ésa voz finita entonando alguna canción y una alegría tan genuina como inexplicable se traduce en sus facciones al tiempo que le mira los párpados al cadáver de su amigo.

~Por Julián Sereno

https://nocturnidadelafuria.blogspot.com/

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