~Escribe Juana Guerendiain

“hacer feminismo es hacer teoría del discurso, porque es una toma de conciencia del carácter discursivo, es decir, histórico-político, de lo que llamamos “realidad”, de su carácter de construcción y producto y, al mismo tiempo, un intento consciente de participar en el juego político y en el debate epistemológico para determinar una transformación en las estructuras sociales y culturales de la sociedad” (Richard, 2009:76) 

“Lo del pañuelito verde puede ser, pero eso del ‘todes’ me imagino que no lo bancas ¿no?” “¿Estas adolescentes se piensan que cambiando las palabras van a cambiar la situación de las mujeres? ¿por qué no se fijan más en los hechos de la realidad que en cómo se dicen las cosas?”, “el castellano es así, y fin. Que no me vengan con esa boludez de la ‘e’”. En este pequeño artículo me propongo, por fin, expresar lo que siempre quise responder a esas acusaciones pero que, por mantener la paz en las reuniones familiares, no mandar un texto bíblico por WhatsApp y Twitter, o no quedar como una loca hablándole al televisor, siempre me mantuve al margen de contestar. He aquí mi principal hipótesis: el lenguaje ha sido siempre objeto de discusión, objeto de puja política por definir cuál es su rol y su función. Sin embargo, esas luchas por los sentidos fueron invisibilizados por los discursos hegemónicos sobre los que se paran los medios de comunicación (y otros constructores de sentidos comunes) para defender la inmutabilidad del lenguaje. Elijo a su vez este formato de artículo personal, totalmente coloquial y subjetivo, para escapar a esa supuesta neutralidad pretendida en los ensayos monográficos, donde todo lo planteado se supone objetivo y libre de cualquier intencionalidad. Qué mejor que presentar dicha hipótesis con un lenguaje que no pretenda contradecirla, que no pretenda ser absoluto y libre de conflictos.

Constantemente, desde los medios de comunicación se ha intentado establecer que la cuestión sobre el lenguaje inclusivo no era más que un capricho de las adolescentes feministas, un sin fundamentos totalmente alejado de una posible verdadera lucha por la igualdad de género. Virales se hicieron las entrevistas realizadas en los programas de Eduardo Feinmann donde, como conductor, se encarga de ningunear, reírse y corregir constantemente a distintas estudiantes del Carlos Pellegrini que utilizan dicho lenguaje no binario. Instagram y Twitter se llenaron de memes en los que se ridiculiza a estas adolescentes, calificándolas como personas que no saben hablar al mismo tiempo que colman las publicaciones con un sinfín de comentarios desde burlescos hasta agresivos. Esta misma retórica de desestimación se reprodujo hasta el cansancio en los diferentes programas más vistos de la televisión argentina cada vez que se mencionaba el tema del lenguaje inclusivo, proliferando así también a charlas con mis familiares y amigues (perdón Feinmann, amigos). De esta manera, todo queda reducido únicamente a una propuesta de adolescentes millenials. Mientras que el tema sobre la legalización del aborto podría llegar a ser una discusión compleja, de altura parlamentaria, en la que se recurre a especialistas y se contemplan disidencias, la cuestión sobre el uso del lenguaje inclusivo se lo restringe a algo banal y no digno de ser un tema de discusión. 

Ahora bien, ante esas desestimaciones yo respondería lo siguiente: Gorgias de Leontinos (485 ac) en el Encomio de Helena; Platón (427 ac) en Crátlo; San Agustín (354 dc) en El Maestro; Jean-Jacques Rousseau (1712 dc) en Ensayo sobre el origen de las lenguas; Jorge Luis Borges (1899) en “El idioma analítico de John Wilkins”; Michele Foucault (1926) en Las palabras y las cosas. Y me freno porque podría llenar páginas enteras nombrando miles de los grandes autores que han dedicado obras enteras a la cuestión del lenguaje (nótese que no tuve ni la necesidad de mencionar a autoras feministas para demostrar la polemisidad del tema; hasta hay un autor santo…). Como el objetivo de este artículo no es realizar un repaso sobre la historia de la filosofía del lenguaje (nótese también que existe una rama de la filosofía dedicada exclusivamente a pensar el lenguaje) no me centraré en explicar cada una de las teorías que se formulan en las obras mencionadas, sino tan solo presentarlas para señalar el hecho de que desde la Antigua Grecia y a lo largo de toda la historia se ha dado la discusión sobre cuál es la función que cumple el lenguaje, si responde a una realidad objetiva o se trata de una convención humana, si representa a la realidad o la crea, si las palabras son meramente indicativas o por el contrario performativas, entre algunas de las cuestiones trabajadas (el que quiera adentrarse en el tema, ahí tiene disponible material por dónde arrancar). Borges en su cuento “El idioma analítico de John Wilkins” (luego citado expresamente por Foucault) y a lo largo de todas sus obras, va a defender la hipótesis de que “notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural” (p. 276), (el mismo San Agustín va a plantear la idea de nuestro lenguaje como una pura convención humana aunque él después sí va a terminar concluyendo que existe otro lenguaje, distinto al nuestro, que es absoluto y neutral, el lenguaje de Dios); Platón por su parte va a sostener la idea del lenguaje como único, verdadero, invariable y libre de intencionalidad. Es en torno a estas dos principales hipótesis que se van a ordenar las diferentes propuestas. Por una parte, una mitad de la biblioteca se apoyará más sobre la primera teoría que habla sobre el aspecto performativo y cambiante del lenguaje, mientras la otra mitad se inscribirá en la segunda donde se defiende la idea de un lenguaje absoluto. Entonces, independientemente de la opción a la que se incline cada uno, lo que intento remarcar es la existencia de una disputa sobre el lenguaje que data ya de unos miles de años. De esta manera, la polémica planteada por el lenguaje inclusivo, lejos de reducirse a una coyuntura contemporánea y momentánea de unas pocas adolescentes, se proyecta en realidad como un eslabón más de esa histórica discusión. Es decir, señor Feinmann, lo comparta usted o no, entender que cuando las adolescentes feministas de hoy deciden utilizar un lenguaje disidente inclusivo no binario, no lo hacen desde un lugar individual y desolado sino que las avala toda una historia detrás de ellas, una mitad de la biblioteca, que plantea también al lenguaje como una herramienta política creadora de realidades. 

Ahora bien, una vez señalada la existencia en sí de una disputa histórica en torno al lenguaje y jerarquizada como tal, sí me centraré en defender el uso del vocabulario inclusivo (si bien yo aún no lo utilizo -quizá por miedo de las reacciones en mi entorno-, creo que existen razones suficiente para entender y apoyar a quienes sí). Primero que nada, desmitificar esa falacia que por hablar con un lenguaje no binario las adolescentes de hoy están desviando la lucha de las mujeres hacia cuestiones supuestamente alejadas de las urgencias sociales y políticas, y entender que el lenguaje es un campo más de disputa donde “la crítica feminista debe aprender a desmontar las estratagemas del discurso, asumiendo que lo discursivo-representacional es el medio a través del cual se formula la ideología sexual que busca confundir naturaleza y significación.” (Richard, 2009: 77). Esta idea del lenguaje como normalizador de la sociedad que Nelly Richard expone en su texto, es la tesis presentada por Foucault en Las palabras y las cosas (1966). A grandes rasgos, lo que Michel Foucault plantea es que el lenguaje determina el saber, los discursos entendidos como saberes específicos (es decir, el discurso sociológico, el discurso biológico, el discurso médico, el discurso jurídico, etc). Estos discursos ordenan la sociedad, y son en los que ésta se basa para poder definirse en lo moral y lo inmoral, lo sano y lo enfermo, lo normal y lo patológico. De ahí entonces que el lenguaje sea uno de los principales agentes constructores de la estructura social. Sin embargo, para Foucault no hay una relación única y natural entre el lenguaje y su referente “La ley de la naturaleza es la diferencia de las palabras y las cosas” (p.126). Es por este motivo que si el lenguaje, como ordenador de la realidad, es una convención humana y no una relación natural inmutable, lo que se considera como verdad absoluta en una época puede cambiar en otra. Volviendo al caso que nos compete, si el lenguaje es pura convención, y esta convención es la que en gran medida determina el ordenamiento desde el cual se estructura la realidad, es totalmente lógico y hasta necesario que un movimiento que lucha por la igualdad de género se inserte también en la disputa del lenguaje con una opción que acompañe su propuesta, “lo que no quiere decir que el lenguaje lo sea todo, sino que una teoría que no lo tiene en cuenta, ignora los poderosos roles que los símbolos, metáforas y conceptos juegan en la definición de la personalidad y de la historia humana.” (Scott, 1996: 266). 

Por otra parte, dejando de lado las teorías filosóficas, mencionaré también algunos estudios prácticos que avalan la proposición del lenguaje como creador de realidades. Para ello me basaré principalmente en la charla TED Cómo la lengua moldea nuestra forma de pensar de Lera Boroditsky, investigadora y profesora en el área del lenguaje y la cognición y, actualmente, una de las principales contribuyentes a la teoría de la relatividad lingüística. En esta exposición, Boroditsky presenta algunos de los trabajos realizados donde efectivamente queda ilustrado cómo, a partir del lenguaje, el hombre procesa la información del mundo exterior con diferentes matices. Un ejemplo claro es el de las personas de habla español y de habla germana, donde ambas colocan géneros a los sustantivos pero muchas veces difieren uno del otro. En el caso de la palabra “puente” es gramaticalmente femenino para los alemanes y masculino para los españoles, por eso cuando se le pide a cada uno que lo describa los primeros utilizan adjetivos como “elegante” “hermoso” (generalmente relacionadas con lo femenino) mientras que los segundos optan por calificativos como “fuerte” “grande” (típicamente relacionadas con lo masculino). Otro ejemplo que menciona es la forma en que los parlantes en inglés y en español estructuran sus oraciones. Cuando, por ejemplo, alguien se quiebra un brazo por accidente los ingleses dicen “I broke my arm”, mientras que en el español somos más propensos a decir “Se me rompió el brazo” o “Me quebré el brazo” pero nunca “Yo me rompí el brazo” a menos que queramos marcar que fue con intencionalidad. “This has concecuense, people who speak different languages will pay atention to different things, depending on what their language usually requires them to do” (Boroditsky, 2017). Así es como Boroditsky cuenta que si se les muestra un mismo accidente a hablantes del ingles y del español, los primeros van a recordar mejor quién lo hizo (porque su idioma les exige decir “he did it”, “I broke it”), mientras que los segundos no prestarán tanta atención sobre quién lo hizo sino más bien sobre el hecho de que fue un accidente, resaltaran con más precisión la intencionalidad del caso. Ante exactamente un mismo evento, las personas percibirán y harán énfasis en distintas cuestiones dependiendo la demanda del lenguaje. Una vez más, ahora a nivel práctico, queda evidenciado que efectivamente la lengua influye en nuestra forma de pensar. 

En conclusión, entiendo que la utilización del lenguaje inclusivo pueda resultar loco, impensado, hasta gracioso; pero como también entiendo que lo fue en su momento la idea de que la mujer pueda votar, pueda ejercer la medicina, pueda llenar las calles pidiendo masivamente por la legalización del aborto. Y, a aquellos que se plantean totalmente en contra y resistentes, a aquellos que intentan desestimarlo, sepan que esto no es una cosita de adolescentes, sepan que hay toda una mitad de la biblioteca respaldando la propuesta, sepan que no les alcanza con una burla y un ninguneo, sepan que si lo quieren frenar van a tener que plantearse en una discusión de igual a igual, sepan que van a tener que argumentar. El lenguaje no es algo obvio, y nunca lo fue. “Estos discursos pretenden decir la verdad en un espacio apolítico, como si todo ello pudiera escapar de lo político en este momento de la historia, y como si en aquello que nos concierne pudiera haber signos políticamente insignificantes. Estos discursos de heterosexualidad nos oprimen en la medida en que nos niegan toda posibilidad de hablar si no es en sus propios términos.” (Witting, 1992: 49)

Bibliografía 

Boroditsky, Lera: Cómo la lengua moldea nuestra forma de pensar, en TEDWomen 2017, recuperado de: https://www.ted.com/talks/lera_boroditsky_how_language_shapes_the_way_we_think/transcript? language=es#t-625654 

Richard, Nelly: “La crítica feminista como modelo de crítica cultural”, Debate feminista, núm. 40, 2009, pp. 75-85. 

Scott, Joan: “El género. Una categoría útil para el análisis histórico”, en Marta Lamas (comp.): El género. La construcción cultural de la diferencia sexual, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1996, pp. 265-302. 

Witting, M. (1992) El pensamiento heterosexual y otros ensayos. Recuperado de http:// http://www.redmovimientos.mx/2016/wp-content/uploads/2016/10/Wittig-Monique-El-Pensamiento- Heterosexual.pdf 

Borges, Jorge Luis: ”El idioma analítico de John Wilkins” en Inquisiciones/Otras Inquisiciones. – 2a ed. – Buenos Aires : Debolsillo, 2014. 

Foucault, Michel: Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas. – 2a ed. 6a reimpr. – Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2017. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: