No eran los de Liniers

Por Violeta Ottolini

Creo que tomé conciencia cuando caminaba por Santo Tomé al 4000 y vinieron a buscarme. Me tomaron de los brazos (uno de cada lado) y me dijeron que me quede tranquila que no pasaba nada malo. Las calles comenzaron a desdibujarse y por alguna razón todo parecía más iluminado, como un sueño, o como el final de los sueños cuando uno comienza a despertar.  
De pronto todo volvió a ser más nítido y ya me encontraba en la puerta. Allí me soltaron y me dijeron que espere. Me puse a observar el lugar. No parecía nada terrible. Era una especie de baldío pero en la entrada había una de esas cercas blancas como las de las casas de muñecas, pero bastante descuidadas. Hice una pausa, tomé aire y entré. Caminé por un pasillo y todo se iba oscureciendo. Me dí vuelta y la cerca blanca de casa-de-muñecas ya no estaba. Era todo gris, triste y fue ahí cuando el cuerpo se me empezó a poner más lento, más pesado. 
Sin darme cuenta ya estaba adentro. El lugar era enorme. Parecía un pabellón carcelario. Las paredes descascaradas por la humedad, el piso sucio y un olor a rancio que se sentía cada vez más y más.
Aparecieron como reproduciéndose muchas camas marineras, una al lado de la  otra. Eran de madera vieja y tenían esas frazadas tipo escocesas, de las que pican. Me senté. Ya estaba agotada.
Cuando pensé que allí terminaría todo, aparecieron ellos. Salieron de adentro de las frazadas, algunos se arrastraban como engendros reptando desde abajo de las camas, otros simplemente aparecieron.
Eran muy pequeños. Como de la altura de un niño de 4 años, o de un enano. Pero algo me decía que no eran niños. No se si fue mi imaginación pero al igual que las camas marineras, ellos se también comenzaron a reproducirse, eran cientos. Miles. Todos vestían traje a rayas, en blanco y negro, Como los presos. El detalle estaba en los gorros. No eran gorros comunes. Eran como bonetes, pero en vez de terminar erguidos, caían como esos gorros para dormir. También, rayados en blanco y negro. Primero pensé que eran amigables, saltaban por todo el salón, gritaban, reían. Algunos saltaban tan alto que parecía que iban a tocar el techo. Otros simplemente me observaban. Uno de ellos, el que en ese momento pensé que era el líder, se me acercó amistosamente y me dio un traje y un gorrito. No hablaban. Pero se hacían entender. Entonces me sentí en la obligación de ponerme su uniforme, como una manera de integrarme a su grupo. No se si fueron 5 minutos los que pasaron o tal vez menos pero antes de que yo terminara de vestirme con el traje, El Jefe apareció. Entonces entendí todo. No eran amigables. No estaban contentos. No querían ser mis amigos. A veces creo que pensaban que yo los salvaría. El Jefe, vestido de negro impecable, se acercó hacia mí y me miró de la cabeza a los pies. Cuando me dí vuelta para ver que hacían los demás, algo increíble pasó. Las camas marineras ya no estaban, ahora allí había un tocadiscos gigante, grande como un cuadrilátero de boxeo. Los pequeños seres a rayas ya no tenían una expresión humana en el rostro. Ahora sus ojos estaban llenos de maldad, me observaban perversamente. Un grupo se acercó al tocadiscos gigante y colocó un disco (gigante también) y al escuchar La cabalgata de las Walkirias, supe que era el fin. Lo último que recuerdo era el frío del arma de El Jefe en mi cien y los gritos de satisfacción de los otros. 

@violesmith

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