Extranjeros de nosotros mismos: releyendo “El Extranjero” de Albert Camus en tiempos de pandemia

Por C.L. Copetti

Esta novela, ya convertida en un clásico de la literatura, nos cuenta la historia de un hombre cuya única acción en vida consistió en esperar: esperar ese momento donde la vida cobra sentido total y deja de ser un mero absurdo.

Breve introducción contextual

Este libro fue escrito y publicado en tiempos de postguerra, en una Europa devastada por la muerte y la miseria. Esto se tradujo en un quiebre de la moral de la sociedad europea, elemento central en esta magnánima obra de Camus. Otros dos pequeños datos contextuales que considero importante:

1-En este período ya comenzaban a surgir los primerizos movimientos vanguardistas. En ese sentido, muchxs críticxs ubican a esta obra dentro de la vanguardia existencialista, porque su temática central gira en torno al sentido de la existencia del hombre. Más allá de que Camus no se ubicaba bajo esta etiqueta, yo tengo mis distancias con esta caracterización, porque considero que esta obra se acerca más a la sociología que a la filosofía debido a la manera en la cual expone a los principales elementos de la sociedad de entonces.
2-Cabe resaltar que, también en este período, muchas de las entonces colonias europeas ven su oportunidad de iniciar los procesos de liberación. Esto, sumado a la división internacional producto de la primera y segunda guerra, generaron en la sociedad europea (y en sus colonias) fuertes sentimientos de nacionalismo y su consecuente xenofobia.

¿Quién es El Extranjero?

Esta respuesta podría ser difícil de responder. Lo primero que podemos decir es que su protagonista es un extranjero, pero clausurar el pensamiento en este punto implica perderse la posibilidad de ahondar mucho más en lo que su escritor quiso transmitirnos.
Esta historia tiene dos partes. La primera parte comienza cuando Meursault, un francés que está viviendo en Argelia, recibe un telegrama donde se le comunica la muerte de su madre, quien estaba viviendo en un asilo para ancianos. Entonces, mientras Meursault va viajando para encargarse de los trámites del entierro, vamos conociendo su forma de pensar. El libro está escrito en primera persona, en forma de monólogo, lo que facilita conocer aspectos íntimos con detalle. Es una persona que, a primera vista, parece bastante pragmática, en el sentido de que cree manejar y conocer el orden de las cosas, ese orden que suele confundirse mucho con el sentido común.
Por extensión a este pragmatismo, Meursault transmite la impresión de ser un hombre siempre sumido en sus trabajos/obligaciones de oficina, sin lugar para ponerse a pensar o reflexionar sobre sus emociones:

“Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: “No es culpa mía.” No me respondió. Pensé entonces que no debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.” Albert Camus – “El Extranjero”

Por otro lado, también se deja entrever que hace al menos cinco años que Meursault no visitaba a su madre. En otros pasajes del libro, podemos ir viendo que el protagonista es un hombre que, en casi toda situación, sabe lo que debería hacerse. Con ese grado de objetividad es como va caminando por la vida, y así también afrontó el funeral de su madre.
Mientras va desarrollando sus trámites, iremos conociendo a los vecinos de Meursault: a Celeste, a Manuel, a María, al viejo Salamano (con su perro) y a Raimundo. La cuestión es que éste último vecino, de quien se sospecha que anda en negocios turbios, meterá a Meursault en problemas. La forma en la cual Meursault queda íntimamente ligado es casi imperceptible para él mismo: luego de contarle sobre una pelea en el tren, Raimundo le pidió a su vecino que sea su camarada.

“Entonces me declaró que precisamente quería pedirme un consejo con motivo de este asunto; que yo era un hombre que conocía la vida; que podía ayudarlo y que inmediatamente sería mi camarada. No dije nada y me preguntó otra vez si quería ser su camarada. Dije que me era indiferente, y pareció quedar contento.” Albert Camus – “El Extranjero”

La palabra indiferencia en ese párrafo es fundamental, porque condensa la manera en la cual Meursault afrontaba a los acontecimientos. Detrás de su visión formal sobre la vida, por debajo de sus conocimientos acerca de cómo debería ser el mundo, Meursault escondía una indiferencia total por la vida. En estos vértices del personaje es donde se puede trazar una lectura sobre la ética y moral de la sociedad europea de entonces. A partir de esta nueva camaradería (afirmada por su no-negación por parte de Meursault) la realidad del protagonista sufre un quiebre que lo llevará a cuestionarse la manera en la cual atraviesa la vida y a elaborar críticas sobre el sistema social, periodístico, religioso, carcelario, jurídico y ético argelino (que podría traducirse hacia toda la sociedad democrática-occidental).

“Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida. En el fondo, no ignoraba que morir a los treinta años o a los setenta importa poco, pues, naturalmente, en ambos casos, otros hombres y otras mujeres vivían y así durante miles de años.” Albert Camus – “El Extranjero”

Entonces, rescatando la pregunta que titula esta sección, creo útil rescatar algunas precisiones sobre el carácter de extranjero de Meursault. Él es un extranjero en dos sentidos: primero, en el sentido más obvio, es un extranjero porque es un francés en Argelia, lo cual lo constituye legalmente en un extranjero. Pero en otro sentido, Meursault es un extranjero de su propia vida. Y la figura del extranjero, en la mente de las sociedades nacionalistas de la época, no era alguien más que venía de afuera. El rótulo de extranjero trae implícito en sí mismo una oclusión eterna, un efecto irresuelto e irresoluble: nunca se deja de ser extranjero, por más que pasen los años y uno llegue a asimilar rasgos culturales e idiomáticos profundos.
En este sentido, ser extranjero es ser el Otro de alguien más. Pero en realidad, es un no-ser, porque es un significante vacío, un falso ladrillo que viene a rellenar el muro del inconsciente. Por eso Lacan postula que el Otro no existe. El Otro es alguien que no puede asimilarse mediante la identificación. Por eso, y en primera instancia, Meursault es un extranjero: porque la gente del lugar no podía entender sus reacciones en el funeral de su madre: ¿cómo puede ser que no llore? ¿por qué no quiere hablar? ¿por qué estuvo ausente tanto tiempo? Estas dudas se ven maximizadas por el carácter reservado de Meursault. Frente a estas dudas, y al no poder ser asimilado en los esquemas previstos, la sociedad argelina lo ubica bajo el
rótulo de el extranjero, y así se rellena el hueco simbólico: “hay que entenderlo como es, quizás de donde viene la gente es así, reservados, fríos, qué se yo…”

Yendo desde lo social a lo individual, lo que nos puede indicar el psicoanálisis es que, en realidad, Meursault carecía de deseo interior o goce alguno, de un objeto-a, de un semblante. Este objeto-a es donde se insertan los tres órdenes (el real, el simbólico y el imaginario). La experiencia de las dos guerras mundiales, sumado a los gobiernos totalitarios de entreguerra, generaron en la sociedad europea la destrucción del lazo que une a estos tres órdenes: cuando el horror se convirtió en algo cotidiano, el orden real se rompió y, según Lacan, cuando se rompe uno se rompen los demás. El ciudadano europeo, rodeado de muerte y destrucción y asediado luego de la guerra por la crisis económica, humanitaria y política, ha perdido su lazo con la sociedad. Perdida la contención que antes brindaba la cohesión social, ahora el individuo es arrojado a su propio destino que, en vistas a los acontecimientos vividos entre el 19 y el 40, tenía una honda vinculación con la muerte. Esto mismo describe Meursault en un pasaje con alto vuelo filosófico:

“Nada, nada tenía importancia y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo. ¡Qué me importaban la muerte de los otros, el amor de una madre! ¡Qué me importaban su Dios, las vidas que uno elige, los destinos que uno escoge, desde que un único destino debía de escogerme a mí y conmigo a millares de privilegiados que, como él, se decían hermanos míos!” Albert Camus – “El Extranjero”

Extranjeros de nosotros mismos

Con el horror de la guerra, el Estado de Derecho (símbolo de la política occidental) que antes debía velar por la cohesión del grupo social, se ve desbordado por la destrucción y la muerte. Ahora sólo puede unir a la gente para acompañarla hacia su muerte segura. Ese único destino que debía escoger a Meursault y a sus hermanos, era el destino del sacrificio en nombre de la Nación. Entonces Meursault no habla porque está esperando que alguien más, que podría ser la Nación, el Estado, Dios o el Gran Líder de la República, lo haga por él. Mientras no surja esta voz, que traería cohesión porque uniría a todo el conjunto social bajo un destino común, cada persona alejada de mi círculo íntimo se convertiría en una alteridad radical, dueña de una singularidad inasimilable.
Al sostener que la palabra no se origina en el yo, ni siquiera en el sujeto, sino en el Otro, Lacan subraya que la palabra y el lenguaje están más allá del propio control consciente; vienen de otro lugar, desde fuera de la conciencia, y por lo tanto “el inconsciente es el discurso del Otro”. Lo que provocan estos trágicos y masivos eventos (como la guerra o la actual pandemia) es que se rompan los lazos sociales y que el orden simbólico (y todos los demás) se vean seriamente afectados por una falta de diálogo y comunicación mutua de la sociedad. En un sentido muy simplificado, podría decirse que el extranjero es ese con quien todavía no tuvimos la posibilidad de hablar y conocer. Cuando el diálogo fluye y conocemos al extranjero, el significante se carga de valor y se pasa a ser quien en realidad ya se era.

A modo de cierre me gustaría retomar la pregunta de ¿quién es el extranjero? Más allá de la primera parte de la respuesta que ofrecí arriba, donde el extranjero es Meursault (por ser un ciudadano viviendo en una nación diferente a la de origen) es importante remarcar que él también es un extranjero de sí mismo. Este es uno de los efectos más devastadores de las guerras y catástrofes. Si a decir de Lacan la palabra se origina en el Otro, todo proceso de reconocimiento se dificulta en contextos de crisis social. Cuando no hay conexión posible con el Otro tampoco hay palabra, y entendiendo que la palabra posee un efecto fundante (tiene la capacidad de transformar la realidad de quien habla y de quien oye), entonces al no poder comunicarse con el otro los individuos (en el sentido más extremo de su individualidad) no poseen la capacidad para nombrarse, ni reconocerse, ni
para determinar un devenir posible.
Creo que este libro puede mostrarnos (en estos tiempos tan característicos y disímiles) lo importante y trascendental que es atravesar estos procesos como un conjunto social y no como una suma de individualidades. También es importante marcar que el acto de marcar a quienes están infectado como una individualidad va marginando a quien poseen el virus de quienes no.
Esta escisión se traza de una vez y para siempre, más allá de que la persona infectada luego se pueda curar: a partir de ese momento será el infectado.
Lo que están demostrando los últimos acontecimientos a nivel social (y posiblemente potenciado por las políticas sanitarias), es que la pandemia ha impulsado un proceso de “vigilancia social” donde se denuncia a quien sale, a quien no lleva barbijo o no respeta la distancia social. Estos quiebres en el
orden de lo real van rompiendo los finos lazos que antes unían a una sociedad ya bastante fragmentada y, como muestra Camus en El Extranjero, cuando el tejido social está fragmentado los individuos sociales continúan vinculándose mediante el odio, que se convierte en el único tipo de relación social posible. Pero ese momento ya es muy tarde para reaccionar, ahí ya todos somos extranjeros de nosotros mismos. A partir de ese momento, únicamente nos vinculamos con el mundo a través de la violencia y el odio, marchando funestamente hacia el final de nuestros días estigmatizando al desconocido, agrediendo al que tenemos en frente y atomizándonos en pequeños grupos de subsistencia. Esta pérdida de la colectividad le quita el poder al individuo para transformar su realidad. En la sociedad actual, donde el poder fluye cada vez con mayor rapidez desde la periferia hacia el centro y desde el conjunto social hacia un pequeño número de individuos, la capacidad de agencia de las personas para transformar el destino de su vida está drásticamente reducida. Si a esto le sumamos la incapacidad de conocer al Otro (y de conocernos a nosotrxs mismxs), tenemos como resultado a un ser despojado a la vida, arrojado contra la sociedad, una sociedad que, desde nacimiento ya lo ha despojado de toda oportunidad socializadora.
En esa instancia, el sujeto únicamente puede pensar en la única certeza
posible: su muerte.

Y bien, tendré que morir. Antes que otros, es evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida. En el fondo, no ignoraba que morir a los treinta años o a los setenta importa poco, pues, naturalmente, en ambos casos, otros hombres y otras mujeres vivían así y así durante miles de años. En suma, nada podía ser más claro. Era siempre yo quien moriría, ahora o dentro de veinte años. En este punto, me molestaba un poco el razonamiento el salto terrible que sentía dentro de mí pensando en veinte años de vida por venir.” Albert Camus – “El Extranjero”

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